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Rozar
03/06/2017
Inspiraciones

En un frasco

Hay fragancias tan rotundas como imposibles.
Por: Andrea Villar

Esta fragancia tenía frescura, pero no la frescura de las limas o las naranjas amargas, no la de la mirra o la canela o la menta o los abedules o el alcanfor o las agujas de pino, no la de la lluvia de mayo o el viento helado o el agua del manantial… y era a la vez cálido, pero no como la bergamota, el ciprés o el almizcle, no como el jazmín o el narciso, no como el palo de rosa o el lirio…

Patrick Süskin, El perfume.

 

La niña saboreaba de vez en cuando el gusto de la tierra recién mojada por el camión regador, tierra a punto lluvia artificial, lista para ser archivada en su memoria olfativa -junto al aroma de las palabras de sus primeros libros-.

En la India, han sido capaces de extraer el perfume de la lluvia húmeda y cálida del monzón. La poción es cuidadosamente guardada en botellas. (Quizá sepan de su poder de volver receptivo y sumiso a quien la bebe [1]).

Los primeros en identificar el aroma de la lluvia fueron los aldeanos de Kannauj, al norte de la India. Lo extraen de la arcilla bañada por el monzón, luego secada y destilada con técnicas antiguas. El mitti attar, el perfume de la lluvia, es el único attar que no procede de una planta, sino de la arcilla perfumada cuyo aceite fragante será vertido en botellas de cuero especial. Allí liberará su verdadero olor a “primera lluvia en el suelo”. 

¿Acaso la botella sabe de la potencia ascendente del mar, de la humedad cálida que anticipó el contacto con la tierra, de la sequedad que, indefectible, sobrevino a la retirada del mar? El secreto está a salvo. Solo ha quedado su estela.

A Grenouille, el asesino perfumista de París[2], lo perdió la fragancia de la belleza pura:

De la pared sobresalía un tejadillo de madera inclinado y debajo de él, sobre una mesa, parpadeaba una vela. Una muchacha se hallaba sentada ante esta mesa, limpiando ciruelas amarillas. Las cogía de una cesta que tenía a su izquierda, las despezonaba y deshuesaba con un cuchillo y las dejaba caer en un cubo. Debía tener trece o catorce años. Grenouille se detuvo. Supo inmediatamente de dónde procedía la fragancia que había seguido durante más de media milla desde la otra margen del río: no de este patio sucio ni de las ciruelas amarillas. Procedía de la muchacha.

Por un momento se sintió tan confuso que creyó realmente no haber visto nunca en su vida nada tan hermoso como esta muchacha. Sólo veía su silueta desde atrás, a contraluz de la vela. Pensó, naturalmente, que nunca había olido nada tan hermoso. Sin embargo, como conocía los olores humanos, muchos miles de ellos, olores de hombres, mujeres y niños, no quería creer que una fragancia tan exquisita pudiera emanar de un ser humano. Casi siempre los seres humanos tenían un olor insignificante o detestable. El de los niños era insulso, el de los hombres consistía en orina, sudor fuerte y queso, el de las mujeres, en grasa rancia y pescado podrido. Todos sus olores carecían de interés y eran repugnantes... y por ello ahora ocurrió que Grenouille, por primera vez en su vida, desconfió de su nariz y tuvo que acudir a la ayuda visual para creer lo que olía. La confusión de sus sentidos no duró mucho; en realidad, necesitó sólo un momento para cerciorarse ópticamente y entregarse de nuevo, sin reservas, a las percepciones de su sentido del olfato. Ahora "olía" que ella era un ser humano, olía el sudor de sus axilas, la grasa de sus cabellos, el olor a pescado de su sexo, y lo olía con el mayor placer. Su sudor era tan fresco como la brisa marina, el sebo de sus cabellos, tan dulce como el aceite de nuez, su sexo olía como un ramo de nenúfares, su piel, como la flor de albaricoque... y la combinación de estos elementos producía un perfume tan rico, tan equilibrado, tan fascinante, que todo cuanto Grenouille había olido hasta entonces en perfumes, todos los edificios odoríferos que había creado en su imaginación, se le antojaron de repente una mera insensatez. Centenares de miles de fragancias parecieron perder todo su valor ante esta fragancia determinada. Se trataba del principio supremo, del modelo según el cual debía clasificar todos los demás. Era la belleza pura.

“Dominado por una única preocupación: no perderse absolutamente nada de su fragancia”, Grenouille mantuvo bien cerrados sus ojos mientras estrangulaba a la muchacha.

Cuando estuvo muerta, la tendió en el suelo entre los huesos de ciruela, le desgarró el vestido y la fragancia se convirtió en torrente que le inundó con su aroma. Apretó la cara contra su piel y la pasó, con las ventanas de la nariz esponjadas, por su vientre, pecho, garganta, rostro, cabellos y otra vez por el vientre hasta el sexo, los muslos y las blancas pantorrillas. La olfateó desde la cabeza hasta la punta de los pies, recogiendo los últimos restos de su fragancia en la barbilla, en el ombligo y en el hueco del codo.

Cuando la hubo olido hasta marchitarla por completo, permaneció todavía un rato a su lado en cuclillas para sobreponerse, porque estaba saturado de ella. No quería derramar nada de su perfume y ante todo tenía que dejar bien cerrados los mamparos de su interior. Después se levantó y apagó la vela de un soplo.

Rechazado toda su vida por la ausencia de olor propio, el huérfano Grenouille irá tras él y tras la esencia fragante femenina – esencia del amor-.  Se convertirá en asesino de la belleza que tanto admira, como aquel bonzo que, obsesionado con su propia fealdad, terminará incendiando lo más bello que lo bello, el Pabellón de Oro [3].

La niña de la lluvia artificial amaba oler el cuerpo confiado del hijo tendido a su lado. Aspirar toda la tierra colorada y descalza. Silvestre.

Aroma imposible.

Grenouille sintió palpitar su corazón y supo que no palpitaba por el esfuerzo de correr, sino por la excitación de su impotencia en presencia de este aroma. Intentó recordar algo parecido y tuvo que desechar todas las comparaciones. Esta fragancia tenía frescura, pero no la frescura de las limas o las naranjas amargas, no la de la mirra o la canela o la menta o los abedules o el alcanfor o las agujas de pino, no la de la lluvia de mayo o el viento helado o el agua del manantial… y era a la vez cálido, pero no como la bergamota, el ciprés o el almizcle, no como el jazmín o el narciso, no como el palo de rosa o el lirio… Esta fragancia era una mezcla de dos cosas, lo ligero y lo pesado; no, no una mezcla, sino una unidad y además sutil y débil y sólido y denso al mismo tiempo, como un trozo de seda fina y tornasolada… pero tampoco como la seda, sino como la leche dulce en la que se deshace la galleta… lo cual no era posible, por más que se quisiera: ¡seda y leche! Una fragancia incomprensible, indescriptible, imposible de clasificar; de hecho, su existencia era imposible. Y no obstante, ahí estaba, en toda su magnífica rotundidad.

Dicen que allá en la India, venden el perfume de la lluvia. Y que huele como la tierra.

Más acá, la niña intenta recordar el aroma de su hijo y se le revela tan rotundo e imposible como el secreto del amor en un frasco. 




[1]  Según el antropólogo japonés Watsujo Tetsuro, el monzón explicaría el carácter "receptivo y sumiso" de los indios. Watsujo, Tetsuro,  “Antropología del paisaje. Climas, culturas y religiones”, Salamanca: Ediciones Sígueme, 2006.

[2] Süskind, Patrick, “El perfume”, Barcelona: Seix Barral, 2004.

[3] La magnífica novela de Yukio Mishima, El pabellon de oro (1956), se basó en un hecho real: el incendio del Pabellón dorado, famoso templo budista en Kioto (Japón), por un joven bonzo.

Tormentas

“Cada tormenta exhala un olor, o deja uno detrás. El zing metálico que puede llenar el aire antes de una tormenta de verano es de ozono, una molécula formada a partir de la interacción de descargas eléctricas -en este caso, del relámpago- con moléculas de oxígeno. Del mismo modo, el olor a humedad familiar que se levanta de las calles y los estanques de tormenta durante un diluvio, proviene de un compuesto llamado geosmina. Un subproducto de bacterias, la geosmina es lo que da a las remolachas su sabor terroso. La lluvia también recoge olores de las moléculas que encuentra. Así que su esencia puede emanar tan diferente como todas las flores en todos los continentes. Depende del tipo de tormenta, de la parte del mundo donde cae, y de la memoria subjetiva de la nariz detrás del olfato”.

Cynthia Barnett, “Making Perfume From the Raines”, disponible en https://www.theatlantic.com/international/archive/2015/04/making-perfume-from-the-rain/391011/

 
 

Fotografía: fotogramas de la película "El perfume: Historia de un asesino".

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