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Rozar
30/12/2013
Relatos gráficos

El origen del viento

El libro que registra las intimidades de la vida humana en la extrema geografía de la isla de Tierra del Fuego.

EL ORIGEN DEL VIENTO  es un libro de relatos y aventuras gráficas sobre Tierra del Fuego. Posiblemente en febrero estará a la venta. Los editores del libro ofrecieron algunos datos sobre su autor, Rosario Rangel (1926-1999), cuya biografía define la estética de las ilustraciones y el tono de los relatos. Al leer el texto biográfico que me ofreció Federico Rodriguez y que transcribo después de mi dedicatoria, entiendo que la geografía del fin del mundo deja huellas profundas en muchos de los que deciden desafiarla y vivir en ella.

 


 Para Rogelia,

la que fue llevada en el corazón como una flecha rota.


Biografía de Rosario Rangel

Rumores

La primera vez que escuché su nombre fue en Estancia Sierra Nevada. Corría el año 1996 y yo había ido a sacar fotos a las casas, a los galpones, al azul del cielo y el vuelo de los cóndores.

No esperaba una historia como ésta.

- "Aunque rara vez usa la voz es un hombre agradable" – afirmó el capataz Traslaviña.

- "Se equivoca, paisano" – corrigió el viejo Julián que tomaba ginebra al costado del fuego y llevaba bajo el brazo un gallo cubierto por un poncho. –"Rosario es el ovejero más revirado que haya conocido en mi vida".

- "Dicen que es medio escritor y algo curandero" – agregó Vega, que templaba la guitarra, "inescrutable como un indio".

Estimulado por la discusión, pensé en hacer una entrevista para algún diario de la zona, a Rosario Rangel: ovejero, dibujante y escritor.


Encuentro

En el puesto de la Laguna del Guanaco Blanco, conocí a un anciano muy alto, fornido y de mirada serena.

Le conté que me gustaba escribir y que quería charlar un rato con él. Saqué una botella de whisky y la puse sobre la mesa. Sonrió sin decir nada y se sirvió un trago.

Después de vaciar media botella, contó que había recorrido la Pampa y la Patagonia a caballo, comerciando pieles que cazaba con sus boleadoras. Durante esos años se alimentó solamente con un tipo de carne: la robada.

Conmigo fue hospitalario. Hablaba despacio, alternando la modestia y la bravura.

Habló de su juventud con melancolía, de los tiempos en que era hábil para la monta, de los años de farra y de las piernas de muchachas que se acaloran con el vino.

No sabía muy bien dónde nació; sospechaba que fue en algún arrabal de Buenos Aires, por el año 26.

En 1945, ávido de aventuras, llegó a Río Grande, y luego de un año se fue a Ushuaia, donde intentó ser guardia-cárcel. Trabajó en esquilas y arreos. Fue alambrador, y un golpe con un poste le hizo perder la vista del ojo izquierdo. Sembró papas y tuvo una yunta de bueyes y una o dos vacas.

- "Después de la época de esquila, los baños y las yerras, me iba a trabajar al frigorífico o volvía al campo a cazar guanacos y zorros, o a atrapar ganado cimarrón entre los turbales que tragan caballos. Algunos años fui parte de la tripulación de barcos que se dirigían a las islas del sur y a las bases de la Antártida. Conozco los trabajos del campo y del mar, y los dolores".

Su padre era gallego y su madre era irlandesa.

- "Sólo recuerdo de ella el olor a pescado que tenían sus manos"-.

Cuando Rosario era muy joven, sus padres murieron en un incendio.

Nodriza suya fue la pampa.

Varias damas podrían haber perdido la fama de honestas si Rosario hubiera sido un hombre indiscreto. ¿Amor? No. Nunca fue capaz de mentirle a una mujer y no tuvo la suficiente imaginación para enamorarse.

Pero se le escapó de entre los dientes el nombre de una muchacha que en su juventud llevó en el corazón como una flecha rota: Rogelia.

Uno de los días en que yo lo visitaba, mientras miraba unos frascos llenos de yuyos y harinas, llegó a la puerta del rancho una mujer mestiza con un niño enfermo. Rosario preparó una infusión, mezcló grasa de riñones de carnero con estiércol caliente, y aplicó el cataplasma en el pecho del chico. A la mujer, que también estaba enferma, la curó con palabras.

Luego rezó hasta desembrujarlos.

Lo que esperaba que fuera una noche solitaria para charlar con Rosario, se convirtió en una reunión ruidosa. Varios puesteros se acercaron al rancho de Rosario, con intenciones de compartir un asado.

Me río al recordarlo. Yo llevaba en el cinto un revólver que había sido de mi abuelo. Quizás un exceso de historias del lejano oeste y la conquista del desierto me motivaron a cargarlo. En ese momento sentí cierta tranquilidad al saber que tenía el arma en la cintura, porque algunos gauchos se notaban molestos por mi presencia.

Cuando la noche estaba avanzada, uno de los viejos, con una bota de vino en la mano, cansado de mis preguntas, me interpeló mirándome fijo a los ojos:

- “¿Quiénes somos, muchacho? ¿Qué hacemos? Nosotros hemos aprendido los secretos del desierto y sus alegrías salvajes; hemos convivido con hombres y mujeres casi siempre indecentes; hemos encontrado el amor feroz en las casas públicas; hemos galopado las llanuras soportando mil vendavales; hemos recorrido todos los salones de la pampa donde venden pocas bebidas razonablemente puras; nos hemos alimentado siempre con carne de vaca y oveja, y sólo a veces probamos la carne del caballo, las alas del avestruz y las deliciosas costillas de una pantera hembra; hemos dormido donde la noche nos encontraba sin tener ningún pensamiento para el día siguiente; y cuando hallamos huevos en el campo, lo consideramos una delicadeza del desierto” – me dijo el anciano y largó una risotada.

El resto de los hombres también reían y se iban cerrando en un círculo alrededor mío mientras el viejo no dejaba de golpearme la espalda. Rosario había salido a ver el asado. Les pedí que se alejaran y se burlaron. Encolerizado saqué mi revólver y amenacé apuntando al cielo. Las risas se multiplicaron.

- “Con un revólver no se puede sentir la carne y los huesos de un hombre quebrarse. Los machos matan, conducidos por una lámina filosa a su hogar secreto de acero y sangre” – dijo el anciano, y blandió un facón mientras me desarmaba. Rosario, de arrebato, lo golpeó con el mango del rebenque en el cuello y quedó tirado en el piso.

- “¿Está muerto?” – pregunté palpitante.

- “¿Qué importa?” – me respondió acomodando el amuleto de mandíbulas de pájaros que llevaba sobre el pecho. – “¡Muchos caballos hermosos mueren y el mundo sigue girando! “– dijo mientras el paisano golpeado recobraba el sentido. – “¡Ya está el asado!”.

En cuclillas, alrededor del fuego, cortando las mejores partes del animal crucificado, ayudándose con los cuchillos para llenar las bocas con la jugosa carne asada, el grupo entero hablaba y reía. Estos hombres rudos, al trabajar con animales se van volviendo mudos, pero el vino les aceita las gargantas.

Comprobé que cada uno era capaz de comer la carne que alimenta a tres hombres.

Después de la comida empezó a circular el mate. Al principio no entendí que para el anciano belicoso, ofrecerme un mate era como fumar la pipa de la paz. Dudé, conteniendo el estómago, en tomar la calabaza y chupar del tubo mojado por los labios de un gaucho borracho. Una mirada severa de Rosario me hizo cambiar de opinión.

- “Limpiar la boquilla antes de tomar es el peor insulto que puede recibir un gaucho” – me comentó después.

Saciado de carne y bebida encendí un cigarrillo y escuché las conversaciones de todos esos domadores de caballos, sin inmiscuirme.

Rosario hacía 6 años que había sido atacado por una dolencia incurable, agravado por médicos insensatos.

- “¡Gritá! ¡Porque me estoy quedando sordo! ¿No ves que me estoy poniendo violeta como un difunto? No voy a esperar a sentir el soplo frío en la nuca, muchacho. Los doctores dicen que tengo que dejar de beber y de escribir libros. En cuanto termine lo que estoy craneando voy a entrar en la negra nube de la muerte. Tuve una buena vida. Trabajé en aserraderos. Conozco el ardor de la suarda cuando entra en las heridas de mi cuerpo macho. Junté puntas de flechas, maderas de navíos y huesos de pescados para decorar mi cabaña. Yo le sacaba la piel a las orcas encalladas, me comía la carne de las aletas, y tiraba el resto que es pura grasa… Recorrí la isla a caballo con dos lonas, una para tapar las pilchas y la comida, y otra larga para taparme. Yo me puedo morir feliz: en esta vida solitaria fui un ovejero que ningún patrón ni juez pudo amansar, me deleité con el olor de la carne sobre el fuego en las noches de nieve, vi muchas veces el rabioso color de la sangre y disfruté navegando en el mar tempestuoso donde habitan los monstruos… El largo viaje se está acabando”-.


Más tarde...

Unos años después, me enteré por un telegrama que la noche del 24 de Diciembre de 1999, después de vestirse con sus mejores ropas y soltar en libertad a sus perros y a sus caballos, Rosario Rangel se abrió el pecho con su propio facón, agujereándose el corazón. El remitente era Ángel Fortunato, el hombre más joven de los que asistieron a aquella reunión en el puesto de la Laguna del Guanaco Blanco.

Me dirigí al lugar y lo encontré triste, saliendo del bosque después de haber enterrado a su amigo. Sugerí avisar a la policía. Sonrió y me dijo que nosotros dos éramos los únicos hombres que quedábamos vivos de los que habían conocido a Rosario.

Me entregó una caja llena de papeles y reconocí ciertos relatos de tema americano que leí una tarde, mientras Rosario había salido a buscar un animal para churrasquear, seguido como de costumbre por sus perros. La carpeta que me interesaba llevaba por título El origen del viento. Fortunato no sabía leer; le mentí que esos papeles no eran nada importante.

En ese montón de manuscritos y bocetos, a los que dediqué varios años descifrando su deformada letra, estaban la obra y el testamento de Rosario. Pedía que no le hicieran una tumba para desaparecer de la memoria de los hombres. Además, exigía que quemaran sus escritos.

- “¿Qué manos enemigas amontonarán piedras sobre mi tumba? Que mi tumba sea el estómago de zorros y caranchos. Que mis palabras se pierdan en el viento”-.

En los primeros meses de este año, me enteré de la muerte de Ángel Fortunato y decidí publicar el libro El origen del viento.

Nunca voy a olvidar la tarde en que Rosario me sorprendió leyendo sus papeles. Hasta ese momento se había negado a hablar de lo que escribía.

- “Lo que a mí me interesa son las palabras puras, muchacho, en estos papeles sólo están mis secretos más feos” – me dijo.

Cerró la caja con evidente furia y se fue hacia el fuego. Desafiante y oculto, de espaldas a Rosario, tomé los pliegos y susurré bajito:

- “¿Qué piensa hacer este anciano enfermo para que no publique sus historias?”

Escuché el ruido metálico del percutor y giré como un animal asustado. Rosario me apuntaba con un revólver Smith & Wesson al pecho.

- “Soy capaz de partirte de un balazo el corazón”.

 

FACEBOOK:  https://www.facebook.com/ElOrigenDelViento

Rosario Rangel. Autor del Libro.
Rosario Rangel. Autor del Libro.
Contratapa del libro
Contratapa del libro
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Editores

EL DOCTOR GAUCHO

Federico Rodriguez. Escritor.


EL AVENTURERO

Germán Pasti. Ilustrador.


EL CONDENADO

Omar Hirsig. Ilustrador.

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