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Rozar
16/02/2019
Continuidades

Creadores, Creativos y Criaturas

Nacidos con la capacidad de desear.

 

Guillermo Marconi nació en Bolonia. Ojo: en Bolonia, no en bolainas, todo el mundo nace en bolainas, también Marconi, pero él además nació en Bolonia (al Norte de Italia, un lugar frío, frío de verdad). Fue en el año del Señor de 1874, y fue hijo de madre irlandesa y papá italiano. Es decir, desde siempre supo que la vida es diversa, que hay más de una forma de llamar a las cosas, que siempre hay más de una lengua. 

Como Guillermito tenía una salud bien frágil, su familia se mudó a Liorna, donde lo inscribieron en la escuela técnica. Sus compañeros lo miraban como un bicho raro y lo trataban como tal. Tal vez por eso el muchacho se hizo amigo de un viejo telegrafista ciego, quien le enseñó todo sobre el oficio. Para algunos de ustedes que son indecentemente jóvenes, tal vez sea necesario explicar qué era un telegrafista. 

En fin, aquellos saberes le chiflaron el moño a Marconi y desde entonces, y para toda la vida, se apasionó por la física. Tanto, tanto, que su mamá le contrató un profesor particular. Durante un tiempo Guillermo estuvo muy feliz con aquellas clases, pero después de un tiempito se cansó: aquel maestro sólo podía contarle lo que estaba escrito en los libros, pero él ya los había leído todos. Para ahorrar tiempo, algunos inesperados émulos de Marconi hoy rechazan los libros aún antes de leerlos…

El caso es que Guillermo Marconi soñaba con algo que no estaba en ningún libro porque aún no se había creado: el telégrafo sin hilos. Para que nos hagamos una idea, sería como si hoy alguien pretendiese hacer todo lo que hacemos con el celular, pero sin el celular. El joven no se limitó a soñar sino que puso manos a la obre e, improvisándose como carpintero, herrero y electricista, construyó aparatos, los probó, los deshizo y los volvió a armar, perfeccionándolos, por prueba y error, durante años.

Ese sueño lo desvelaba: lograr que las personas se comunicaran entre sí a distancia sin los hilos del telégrafo. Para eso, se sirvió de logros de otros genios de su tiempo: del físico alemán Heinrich Hertz tomó las ondas electromagnéticas, del trabajo del sabio ruso Alexander Popov tomó la idea de las antenas, y del francés Edouard Branly y el inglés Oliver Lodge tomó el detector de ondas. Marconi entrevió que era factible desarrollar todos esos avances para la transmisión de señales Morse… a la velocidad de la luz.

Así, a los 21 años, en el fondo de su casa, logró transmitir los tres puntos de la letra S a una distancia de unos cuantos metros. Poco a poco, consiguió transmitir señales cada vez más lejos, hasta que un día presentó su invento a las autoridades. Fue redondamente menospreciado: como era demasiado joven y carecía de títulos ni siquiera se tomaron el trabajo de escucharlo. Una vez más, su mamá acudió en su auxilio, al igual que sus amigos, y entre todos lo ayudaron a viajar a Inglaterra, dónde obtuvo la primera patente. 

En 1909, Marconi perdió un ojo. No es que lo puso en un lugar y no se acordaba dónde, sino que tuvo un accidente y quedó tuerto, pero no inmóvil. Tuerto y todo corrió tras un nuevo sueño: Transmitir no sólo señales Morse, sino todo el universo del sonido. Así en plena Guerra Mundial, mientras millones de hombres se asesinaban entre sí, Marconi se propuso comunicarlos pasando de la radiotelegrafía a la radiotelefonía. Dicho en criollo, creó la radio.

Guillermo Marconi hizo eso y mucho, muchísimo más. Por ejemplo, una vez, desde Génova, dio una conferencia remota para técnicos reunidos en Australia y, al terminar su discurso, encendió, con aparatos por él diseñados, 3.000 lámparas de la municipalidad Sídney, a 17.000 Kilómetros de distancia. Fue también pionero en ondas cortas y microondas, Premio Nobel, senador de Italia, Caballero de Inglaterra y doctor "honoris causa" de 15 universidades. 

Como ya se dijo, Guillermo Marconi era muy reservado. Un día entró en un restaurante de Londres, y el cocinero agregó en el menú del día, "Hoy: chauchas a la Marconi". Cuando el sabio pidió explicaciones; el ingenioso cocinero le respondió: Maestro, son chauchas sin hilos. Soltó Marconi una carcajada, aceptó el cumplido y hasta el final de sus días quedó amigo de aquel cocinero. Por cierto, si usted visita Londres, todavía se sirven las chachas a la Marconi.

Muchos años después, en Neuquén, mi hija Clara, que entonces tenía 4 años, me escribió esta carta, a través de Internet:Hola papá, soy Clara: te quiero mucho. Hoy fuimos a la playa y tomamos un helado. En patín jugué al hockey y ningún día lo había jugado con palo. Ahora patino bien y el 7 de diciembre va a haber una clase para los padres. Le hice una carta a Papá Noel y le pedí: un Max Steel, un disfraz de doctora verde, lapiceras de color verde oscuro y claro, violeta oscuro y claro, celeste, azul oscuro, un juguete de Las Chicas Superpoderosas, una Barbie con vestido de casamiento, una estrellita, una luna, un sol, una flor, un árbol con naranjas, una nube, una piedra, un pez, un ángel, una vaca, una abeja, un abanico y un acordeón. Tal vez, no me traiga todo. Te mando un beso y chau. Clara

En el Día Internacional de la Radio —y, siempre— seguimos necesitando Creadores como Marconi para imaginar y realizar lo nuevo y lo bueno; Creativos, como el cocinero, capaces de tomar riesgos, y encarar la tarea con humor y sorpresa; y Criaturas, como Clarita, capaces de desear y expresar mucho, incluso sabiendo que, tal vez, no logremos todo.

 

Creadores, Creativos y Criaturas

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