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Rozar
24/08/2016
Presencias

¿Magia?, me pregunté

En la fuente de agua del barranco. En un crudo invierno.

 



Unicornios

 



Sentí, aquella tarde de color bermellón fosforescente, el relinchar de los unicornios como si estuvieran galopando, detrás de aquella pétrea muralla,  hacia el lugar en el que me encontraba, totalmente perplejo. Fue la primera vez y no sé la razón para que a partir de entonces nunca dejara de escucharlos. Sucedió en la fuente del agua de sabor deleitoso, de minerales que penetraban las papilas haciéndonos sentir sensaciones antes nunca gozadas. Fue un día de crudo invierno, de un helor cuasi insoportable, en aquel barranco tan lleno de memorias extraviadas y recuerdos que no supieron orientarse, fue allí donde les vi surgir, totalmente cubiertos de albugínea espuma, del transparente manantial que surgía de una rotura de la piel del lugar en el que sólo se escuchaban los cantos de los pájaros; algo más lejos se percibía el acompasado croar de las ranas y el crascitar de los cuervos que por allí merodeaban.

Se me acercaron, ante mis ojos asombrados, aquellos tímidos unicornios y allí donde pisaban crecían vergeles tapizados por rosedales escarlatas, malvas y ambarinos pudiendo sentir la suavidad de su albo pelaje y con sus cuernos, esculpidos en perfecta espiral, mis rizos tocaron suavemente. A un viejo manzano, que tras unas ruinosas vallas asomaba, se acercaron, muy lentamente; les vi degustar aquellos frutos que colgaban de las cetrinas ramas pero por cada una que comían otras salían al instante, aún más hermosos, más abundantes. ¿Magia? – me pregunté. No encontré respuesta que pudiera sacarme de la duda.

Los cuasi aletargados lagartos que por allí pululaban, ¡era invierno!, se acercaron por su llamada, me pareció escuchar cómo dialogaban como si desde siempre se conocieran, yo diría que aquellos reptantes saurios les adoraban cual dioses que transmitían esperanza y donosura. Me llevaron, los nobles unicornios, en volandas, empujándome a que subiera en lomos del más hermoso y allí me sentí uno de ellos, trotando, cabriolando, por momentos diría que me sentí ingrávido en aquel cielo tan lleno de reflejos, como si miles de diamantes, hasta aquel momento ocultos tras las nubes, alumbraran sus graciosos movimientos y también mi cara entusiasmada.

Se repitieron aquellas escenas cada vez que acudía a la fuente de la deliciosa agua. Con mayor alegría a mí me recibían aquellos míticos animales, rodeados de inexplicables leyendas, dejándolo todo a la invención y a mentes que algunos, en su desconocimiento, señalan alocadas. ¡Qué necedad y qué cortedad de miras y de sueños!

El inexorable tiempo no se detuvo, siguiendo su camino imperturbable, primero por llanuras y más tarde por macizos y marcados campos de dunas, cayendo, ¡qué curioso!, en mis manos sorprendidas, temblorosas, un libro, el Codex Unicornis, el que leí entusiasmado, lo había escrito el maestro Magnalucius, nunca antes tuve yo mención de su existencia, encontrando en él respuestas anheladas para poder distinguir entre quimeras y verdades. Lo cierto es que aquellos unicornios, de plateados crines, los de la fuente del barranco en el que llegué a escuchar hablar a las cañas en un idioma que ya se había perdido, hacía tantos y tantos años, siguen presentes en mis sueños y también en mi consciencia, deseando encontrar la razón de sus juegos con mis rizos, del cabalgar sobre sus lomos y por haberles encontrado en mi camino…y, también, en el tuyo. ¡Cuánto te gustan, cariño, los níveos unicornios!

¿Magia?, me pregunté

Juan Francisco Santana Domínguez

Dr. en Historia, Licenciado en Geografía e Historia, Licenciado en Antropología, Diplomado en Educación, Poeta, Profesor, Maestro, Escritor, Investigador, entro otros.

Isla de Gran Canaria.

santanajuan645@gmail.com

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