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Husmear
10/11/2014
Cine independiente

¡Hasta la Victoria, siempre!

"EL ESCARABAJO DE ORO -or VICTORIA'S HÄMND*", de Alejo Moguillansky y Fia-Stina Sandlund: cuando el disparate es una idea genial.

El Grupo Cine Cipolletti (Pablo Caparrós, Juan Vilanova, Nacho Dobrée y Pablo Gauthier) organizó una nueva edición del Concurso Nacional de Cine Independiente. Nada menos que la edición 30. Mérito de unos apasionados del cine que siguen adelante con una iniciativa que lanzara en 1983 “Grusu 8”, un grupo de realizadores independientes de Cipolletti, entre los que se destacarían –por continuar impulsando el proyecto durante mucho tiempo- Lorenzo Kelly y Alberto Vilanova.

En esta oportunidad, pudimos asistir a la proyección de El escarabajo de oro, dirigida por Alejo Moguillansky y Fia-Stina Sandlund, de cuya presentación se encargó Agustín Mendilaharzu, su Director de Fotografía:


"Varios de los que estamos en la Productora hacemos teatro independiente en Buenos Aires, una actividad muy efervescente allí... Desde hace años tomamos el ejemplo del teatro independiente, donde el esquema de roles está un poco difuso, y los actores y los que dirijimos y escribimos somos los mismos que los que armamos y desarmamos las escenografías, contratamos el flete… Funcionamos como cooperativa. Hay una larga tradición en Buenos Aires, y en Argentina en general, de teatro cooperativo, un esquema muy bonito porque todo el equipo se compromete artísticamente y también poniendo la fuerza de trabajo en los proyectos. Y eso nos parecía que en el cine no estaba tan habilitado… Tomamos el ejemplo y decidimos hacer películas y producirlas siguiendo ese criterio -donde la actuación y los roles técnicos son algo muy difuminado-. En esta película, prácticamente todos los que actuamos también movemos faroles, ponemos trípode... Como director de fotografía trabajo de manera muy intuitiva. Sin tener una formación demasiado sólida, fui cayendo ahí porque era el que más maña se daba con la cámara… La idea de hacer la película de este modo es tratar de tener una suerte de control total sobre lo que hacemos, no tener que responder a ningún tipo de condicionamiento que no sea nuestro estricto gusto y nuestras estrictas decisiones estéticas. Trabajar de esta manera - entre amigos, siempre- nos permite tener un control muy grande de las películas. E incluso el caso de películas como está, terminadas en video, nos ha permitido filmar y volver a editar nuevo metraje cuando la película ya fue estrenada. Un cambio de paradigma muy significativo, antes imposible porque las películas se copiaban en material fílmico...

El Pampero Cine somos cuatro personas: Alejo Moguillansky –que dirige esta película-, Laura Citarella, Mariano Llinás y yo, Agustín Mendilaharzu, que venimos trabajando hace muchos años juntos. La película que van a ver trabaja de manera muy original cierta interrelación entre ficción y realidad. Parte de ciertos datos reales –como el hecho de que Alejo ganó un premio para producir esta peli en un festival, que incluía la cláusula de que tenía que codirigir con una artista de una país “central”, él como director de un país “tercermundista”-. Y ya verán el uso que le dimos a ese premio que llegó de un país “central”. Casi todas las personas que verán en la peli usan su nombre real y hacen de sí mismas. Tomando un punto de partida hiperrealista deriva hacia una zona que marca un corte respecto del realismo como retórica, como forma de construir ficción. Van a ver que la película es bastante disparatada en lo que propone. Espero que entren en ese viaje… La película es bastante clownesca, payasezca… Espero que toleren algunas partes donde nos dimos el gusto de ser un poco lentos y ensayísticos, porque teníamos ganas de insistir con eso y de no mimar tanto al espectador, sino de sacudirlo un poco".

 

 

 

Según Alejo Moguillansky (MALBA Diario Cine):


"El escarabajo de oro nace de una iniciativa del festival danés CPH:DOX de juntar a dos directores para codirigir un film en algo a mitad de camino entre la experimentación artística y la caridad al tercer mundo.

La única regla, tan políticamente correcta como esotérica, era que uno de los directores debía ser europeo y el otro un habitante de la periferia, o del tercer mundo, o -en sus palabras- un ‘non-European’.

La europea resultó ser la escandinava Fia-Stina Sandlund, una sueca ultra-feminista que viene del arte conceptual y el activismo y que supo liderar hace una década un afamado grupo de acciones autoproclamado ‘Unfucked-pussy’.

El otro pobre diablo resulté ser yo.

“So they concluded you had to be together” –me decía, entre risas y con exagerado acento, un director rumano, quien también probaba suerte con un director tailandés en el mismo programa de producción.

Así el film se convirtió desde un primer momento en un documental sobre su propia gestación, pensándose a sí mismo como una extravagante coproducción entre Escandinavia y Argentina, donde los mismos mecanismos de financiación y exigencias de un mercado de cine-arte que no le deja demasiado dinero a casi nadie forman parte del horizonte de la Historia y de la película.

Pero digamos que mientras duró el rodaje, ese pintoresco viaje desde Buenos Aires hasta Misiones, arrastrando imprudentemente una casa rodante durante 1.000 kilómetros, acompañados por primera vez de una generación de hijos alrededor nuestro, filmando en pequeños ríos, en playas invernales sobre el río Uruguay, en granjas de la comunidad sueca en Misiones, en ruinas de misiones jesuíticas del siglo XVII, en todos los lugares que la Ruta 14 pudiera sugerir, guiados apenas por la convicción, apenas por el entusiasmo cándido e inocente; éramos tan sólo un grupo de amigos divirtiéndose, haciendo un chiste detrás del otro con una pasión irremediable por el ridículo.

Ese gusto por la comedia de errores, por los films de Jean Renoir, Ernst Lubitsch y Max Ophüls, nos autorizaba, en ciertos pasajes del film, a hacer sencillamente lo que tuviéramos ganas, lo que nos divirtiera en ese momento. Compartir un proceso de escritura, rodaje y montaje (que en este caso es casi lo mismo) con Walter Jakob, Mariano Llinás, Rafael Spregelburd o Agustín Mendilaharzu originó un comportamiento por momentos infantil y por momentos compulsivo, como si fuéramos apostadores trasnochados dentro de un casino. El gusto por lo literario, por lo irreverente, o por el mero riesgo, por traer a Alem, a Poe, a Stevenson, a Bresson y a Manet, como si fueran invitados a una fiesta que trata de reinventarse a medida que va pasando la noche, forma parte de ese espíritu del film.

Y allí está, en El escarabajo de oro, el retrato de ese grupo de amigos, riendo, jugando al fútbol, andando en bote, ensayando escenas absurdas, disfrazándose, viajando.

El mismo espíritu es el que tuerce a la película a traer a las voces suicidas de los fantasmas del siglo XIX, salteándose apenas todo el siglo XX y tratando -como profetas filosos- de narrar con espíritu novelesco nuestros días, en una visión, acaso, no del todo incongruente. Una visión ridícula, sí, irreverente, bufonesca, absurda, extravagante y quijotesca. Pero crítica. Y melancólica".



Según la espectadora:

Inteligente, distinta, disparatada, imprevisible, divertida. El final, desopilante. Inmejorable el título elegido, presagio de los contrastes entre los que se disparará el delirio narrativo -exquisito en sus textos y secuencia-.

El Escarabajo de oro es una parodia que convoca grandes discursos y elevados ideales, sobre un fondo de aventura y amistad.

Un homenaje a la amistad y a la aventura en la ironía respecto a la manera en que solemos pensarnos europeos y latinoamericanos, hombres y mujeres: estereotipos y clichés que nos sacan una sonrisa, en un juego de contrastes -crítico y lúdico- que no pretende la gran provocación. Relativización de las grandes gestas en el canto a los pequeños gestos cotidianos que se revelan en lo extraordinario de la búsqueda de un tesoro. Redescubrimiento de la infancia y la juventud en las andanzas que supimos emprender: alimento de los anhelos más elevados -ésos que pueden romperse pero nunca doblarse, parafraseando a Leandro N. Alem-, ésos capaces de abrir la ocasión para unos mates compartidos, un picadito de pelota y la complicidad entrañable que solo entre amigos podemos tramar. 


*La revancha de Victoria

¡Hasta la Victoria, siempre!

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