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06/07/2016
Colecciones

Para iluminar

Una búsqueda sin fin.



El coleccionista de sonrisas


Mulsas nubes de algodón degusté en aquel carrito de golosinas, frente al cine, cuando iba en busca de las sonrisas que faltaban en mi álbum y es que yo, por aquellos años, coleccionaba sonrisas. Entre las múltiples golosinas yo elegía, casi siempre, a las esponjosas nubes de algodón cuando no elegía aquellas otras que tenían forma de conos, de color rojo, cubierto de una galleta que tenía sabor a la hostia, sin consagrar, que el cura repartía entre los niños que acudían a la parroquia. Las sacaba de un bote, metálico y de color plateado, y a los amigos, con la alegría de degustar aquellas formas redondeadas, se les iluminaba la cara con las sonrisas. Fue en aquel momento cuando comencé a coleccionar sonrisas. Entre aquellas otras golosinas, que se podían ver en el carrito, que aunque pequeño tenía de todo, me llamaba muchísimo la atención el pirulí y también me fijaba, con inmensa curiosidad, en unos sobres sorpresa que contenían soldaditos y otros juguetitos que saciaban, momentáneamente mi curiosidad y me iluminaban la cara. Yo recuerdo que crecía entre sonrisas, salvo excepciones, que también las hubo, pero hoy no se trata de hablar de penas, de lágrimas, de privaciones y sí de sonrisas, de una colección de sonrisas.

En realidad era un empedernido coleccionista de cromos o, mejor dicho, era coleccionista en el más amplio sentido de la palabra, y aún hoy, he de confesar que sigo siéndolo. Mi papá era otro coleccionista, y sigue siéndolo porque creo que los coleccionistas lo son de por vida. Él se entretenía en recortar, recuerdo aquellos cromos dobles de Ben-Hur, y en pegarlos en el álbum con un esmero que le es muy propio, es realmente meticuloso. Pero hoy quería centrarme en mis colecciones de sonrisas, ese coleccionismo paralelo que sólo en mi imaginación existía, aunque hubo momentos en que confundí la realidad con la fantasía y fue entonces cuando aprendí a volar, aunque ya de eso he hablado en otras ocasiones.

¡Cuántos cromos, al abrir aquel sobre que los contenía, salían repetidos una y otra vez! Los repetidos los usábamos para jugar a las estampas pues así denominábamos en aquel entonces a los cromos. Se trataba de virarlas al derecho. Se les colocaba, en un montón, al revés y con una palmada sobre ellas intentábamos virarlas y hacernos con ellas. ¡Era apasionante! ¡Cuántos buenos momentos jugando a las estampas sentado sobre el frío suelo! El que salía ganador era lógico que también mostrara, con inmenso orgullo, la sonrisa del que mayor número de estampas había conseguido ganar a los rivales, aunque, eso sí, muy amigos. Los perdedores en aquel enfrentamiento, siempre de concordia, experimentaban el vuelo de la sonrisa hacía las zonas de umbría, al ver que el número de estampas se reducía.

Bueno, es hora de volver al coleccionista de sonrisas, a ese que coleccionaba en sueños y visitaba a las nubes, perdiéndose en ellas, buscando sonrisas que le faltaban para completar una colección que nunca finalizaba: sonrisas de mamá, de tía Lola, de hermanitos, de amigas y amigos, de actrices y actores y las más difíciles de conseguir eran las de los hombres que me ayudaron a crecer, les costaba sonreír, no sé si era por el momento en que les tocó vivir, la guerra civil o la posguerra que también fue muy dura, pero siempre lograba atrapar algunas de aquellas difíciles sonrisas: papá, tío Francisco, abuelos Manuel y Juan e incorporarlas, como joyas, a mi colección. Lo cierto es que siempre quedaban algunos espacios sin cubrir y me las ingeniaba para conseguir sonrisas joker, o comodín, que son las que más se buscaban y esas las conseguía cuando veía sonreír a un ser que otrora vi apenado; a un anciano o anciana; a un mendigo; a Pepe el Negro, todo un personaje en mi barrio; a una madre que sólo sabía trabajar y trabajar, de sol a sombra…esas eran las más difíciles de añadir a mi colección de sonrisas. A veces me preguntaba, y me sigo preguntando, si habría otros coleccionistas de sonrisas. En el fondo creo, estoy convencido de ello, que sí aunque era algo que yo guardaba, y los otros coleccionistas de sonrisas me imagino que también, como un tesoro, oculto en un lugar que llamaba Estampilandia, que sólo compartía con mi fiel sombra. ¡Ah! Y también la compartía con mi perro Toby, un gran tipo y muy fiel, inmensamente fiel.

 

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Comentarios

Muy agradecido por la

Muy agradecido por la publicación de otro de mis trabajos. Muchísimas gracias a "Que Responda el Viento" y a su directora Mirta Eberhardt por su diseño y fotografías. Un abrazo muy GRANDE.

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