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14/07/2016
Poesía

Como agua entre las manos

Diego Ravenna y el poder de lo manso y suave.

Diego Ravenna es poeta. Y vende libros. El poeta vendedor de libros al que le debo mi pasión por Clarice Lispector: "tenés que empezar por Un aprendizaje o el libro de los placeres", me dijo en aquella Feria del Libro de Neuquén en la me convertiría en fiel seguidora de sus consejos de lectura.

Nació en Buenos Aires, en abril de 1979. En noviembre de 2015, presentó Agua, su primer libro, publicado por la editorial Viajero Insomne. "Libro exquisito, sutil, delicado, y a la vez potente", dice la poeta Claudia Masin en el prólogo. "¿De qué depende la potencia en la poesía? ¿Puede algo frágil ser a la vez fuerte? Creo que esta última pregunta es —precisamente— la que este texto sobrevuela constantemente. Lao Tse escribió hace 2500 años, en el Tao Te King, Nada bajo el cielo es más blando y suave que el agua. Pero cuando ataca las cosas duras y resistentes ¡ninguna de ellas pueda superarla! Que lo suave vence a lo resistente y lo blando vence a lo duro ¡es cosa que todo el mundo sabe! Pero que nadie utiliza. El poder de este libro reside en esa paradoja: una escritura suave y mansa como el agua, que es capaz sin embargo de horadar la dura corteza de una materia, la del lenguaje, a veces tan compacta e impenetrable, tan rebelde ante cualquier intento violento de manipularla para darle una forma determinada.

Agua ronda la experiencia de la pérdida, se pregunta por lo irreversible una y otra vez, y su atmósfera contiene tanto la tristeza por la imposibilidad de recuperar lo ido, como la revelación de que la escritura —si bien está sujeta a ese imposible— tiene, como los chamanes más ancianos de la tribu, un don para sanar, es decir, para tejer una trama de palabras hermosas y ciertas sobre el hueco que ha dejado lo perdido, que no regresará pero que ahora —y esto no es poco— puede ser nombrado, invocado, llorado de un modo que alivie el cuerpo y el alma y ofrezca una forma ínfima e imprescindible de restitución, de reparación. Lo que hace falta hay/ que imaginarlo, escribe el poeta." 

Agua contagia la belleza triste de lo que pide paso y se nos escapa entre las manos. Como ese ejemplar que ya no está en mi biblioteca, que habita otra. Tan agua, nosotros. Tan delicados.

 

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De niño tuve miedo

a la oscuridad. Temblaba por algo
que demorado en la materia
hacia la noche en mí. “No estés triste 
-decían mis padres- también el día esconde
lo que lo excede”. Con la misma
naturalidad con que la tierra absorbe la lluvia
yo hice de mi cuerpo un pequeño sol.
Aprendí entonces que sólo la imaginación
sostiene lo que jamás estuvo.
Ahora sé, en el desierto el agua 
puede ser una mentira. Habría que atravesarlo 
como quien no espera nada. Lo que hace falta hay
que imaginarlo.


 

El aura que atraviesa las cosas
agrieta las paredes, perfora la luz
con más luz. Quizá una piedra
sea más fuerte pero no alcanza
a huir de su forma.
Mi carne en cambio se disipa
hace agua sobre la tierra.
Lo que no puede soportar
se desborda.

 

 

Vivo ahora, junto al sonido del agua
que habita en las paredes, contemplando la luz 
que entra por la ventana y se humedece
al contacto con mi cuerpo.
Si quisiera mantener la mirada, no sabría hacerlo. 
Tampoco podría retornar a la quietud
como no pueden las olas romper el ritmo 
que se les impone. ¿Alcanza el deseo 
para alterar el rumbo de las cosas? 
La luces se apagan y de regreso a la oscuridad
hasta el crujido de una hoja puede 
esconder una variedad desconocida
de animales silenciosos.

 

 

A Estefi

Me quedo solo. La tarde está rara y silenciosa.
Profundamente quieto estoy solo. Todo lo que amo
lo que siempre amé está aquí, como si no se hubiera ido: las plantas
creciendo a la luz del sol, animales diminutos en los rincones, 
la enredadera que trepa el muro hasta alcanzar la casa del vecino.
Tanto verde hay tanta vida que ya nada se resiste.

Amor, quisieron dejarme sin nada y no pudieron
como una casa abandonada: todo lo frágil me pertenece.*


 

 *Este último poema es nuevo, no aparece en Agua.

La poesía y la revuelta, por Diego Ravenna

Más allá de las desigualdades económicas y sociales, es claro que la construcción e imposición de una subjetividad neoliberal que nos habita a todos en mayor o menor medida, es hoy una de las victorias más grandes del capitalismo. Estamos inmersos en un estado de derechización vital que destila la sensación de estarse demasiado cómodo con la época: el consenso generalizado con lo establecido es apenas una muestra de ello. La novedad es que para imponerse ya no necesita solamente del sometimiento y la coerción; ahora cuenta también con una excelsa servidumbre de dominados felices y sumisos. Un nuevo sujeto dispuesto a hacer suya esa lógica por intermedio de la cual se desatiende de los otros, como si lo que defendiera con ello fuera su propio interés. Un producto social entregado al suicidio emocional y afectivo de lo que es como persona. Sin embargo, para el dominio neoliberal lo importante parece ser no tanto construir individuos aislados como intervenir sobre los modos en los cuales estos se relacionan. Estamos en presencia de una política que viene a mantener escindidos lo individual y lo colectivo para controlarlos mejor. En efecto, el sistema dominante tiene siempre disponible, operando, una noción de desconocimiento y desposesión que protege a los sujetos de cualquier responsabilidad sobre el hacer del mundo. Un dispositivo espectral que funciona como mediador y muralla de contención del deseo social. El poder además de perverso es sabio: al mismo tiempo que se produce la interiorización de las normas que nos dominan, se crea el espacio sobre el que se invisibilizan las condiciones estructurales de su dominación. Cualquiera puede alegar la ignorancia de los mecanismos de una voluntad de poderío que todos ayudamos a construir, sostener y reproducir. Quizá, al igual que en un tiempo lo fueron la religión, el nacionalismo o el fascismo, este individualismo reinante sea antes bien un cambio en los modos de identificación colectiva. “Formar equipo”, “estar unidos” pregonan ahora los cínicos y pequeños enanos fascistas que nos gobiernan, como si la cooperación fuera un atributo o una capacidad que poseen solo los sujetos individualizados. Este ethos individualista nos aleja de nuestra verdadera potencia: la de habitar otros mundos sensibles y construir otras formas de vida. Al fin y al cabo la organización económica, política y social (pero también vital) es el resultado no de encuentros o de voluntades unidas, sino de las luchas colectivas que allí se dirimen. El ejercicio del poder dominante es siempre la conspiración de unos pocos en contra de la mayoría. En gran medida es esta la verdadera toma de poder por parte de una derecha que por otro lado nunca, nunca ha sido derrotada. Porque no alcanza con ganar elecciones si queremos realmente subvertir el orden de las cosas. Tampoco alcanza el tener conciencia de clase o conocer algo de la lógica normativa que nos domina. La rebelión debiera ser también por la liberación de una vida más grande. Que la lucha es larga significa entonces que vamos a tener que romper este cerco sensible que ha afectado nuestros cuerpos, nuestras maneras de vivir y sentir el amor, la política y el odio, la poesía y la revuelta.

Texto leído en El bosque sutil, ciclo de poesía. Buenos Aires, 2 de julio de 2016.

Fotografía: Susanna Majuri

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