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Caminar
16/06/2018
Presencias

Sputnik, o del abandono como forma pura de la amistad

Emprendimos un viaje juntos. La costa uruguaya es uno de sus capítulos más recientes. Este texto es una suerte de canto a la experiencia cotidiana del viaje, y también una celebración del encuentro.

 Camilo y Sputnik, La Paloma (Uruguay), 10 de junio de 2018.

No se puede abandonar a aquello con lo que no se tiene un vínculo, un vínculo fuerte, significativo. El abandono implica por un lado la ruptura unilateral del vínculo por una de las partes, y el desparpajo, el desconcierto, la sorpresa y la angustia de la otra. Si el vínculo no es lo suficientemente fuerte, no habrá en la segunda parte una sorpresa ni un desconcierto tan profundo, y entonces no se habrá producido un verdadero abandono. El abandono es cruento aun cuando sea la única opción. Es certero, definitivo y desgarrador para ambas partes casi por igual. Antes de hacer pasar al abandono por el prisma moral que hace del abandonador un victimario y del abandonado una víctima, el abandono implica un golpe simétrico para ambas partes que, sin preverlo ni poderlo ponderar, de un momento a otro quedan a la intemperie de ese lazo realmente existente y fundamental hasta poco antes del abandono mismo.
 
La amistad, esa prueba que consiste en ponerla a prueba todo el tiempo, es el escenario propicio para el abandono. No hay amistad en la complacencia (ni mutua ni de sí mismo) ni en la reciprocidad del perdón aunque la una y la otra bien puedan hacer parte de la amistad. Hay amistad en aquello que la pone en juego, en el elefante de más que se llama a balancearse sobre la tela de la araña... Y es allí donde el abandono traza un imposible necesario. Todo lo contrario del Real lacaniano (imposible y perdido), el abandono es lo impensado necesario, lo inefable vuelto deseo.
 
En la ruta, viajar ligero es un imperativo si se pretende salvar los mínimos obstáculos. Allí mismo nos cruzamos con presencias que nos interpelan de las más diversas maneras: bajo la forma del sonido constante de un oleaje en vaivén, o en el jadeo de algún cuadrúpedo que conquista nuestro cansancio con su mirada altiva y nos enseña que el camino sólo se anda aprendiendo a ir y venir sobre las huellas que la arena quiere tragarse.
 
Sputnik es el abandono que nos enseñó que la sonrisa no habita la boca, y que ni siquiera es algo humano. Sputnik se condenó al abandono en el momento de atravesar el horizonte con sus saltitos traviesos buscando nuestro rastro cercano. Sputnik es la amistad que apostó a ser abandonada sabiendo que nunca podría haber otra opción y que aún así habría valido la pena la compañía mutua y el vínculo sincero (por las horas largas en las que supo con su silencio ser nuestra amiga). También en la vía la vimos por última vez mientras nos alejábamos a una velocidad bastante mayor a la que sus patas peludas podían alcanzar. El abandono: verla renunciar a la juntura y perderse en el horizonte tan desconcertada como nosotros mismos. Estará bien, seguramente. Sputnik estará bien, y nosotros de vez en vez nos miraremos con los ojos levemente humedecidos y el cogote apenas apretado para preguntarnos ¿dónde estará Sputnik?
 
Nosotros, mientras tanto y siempre, dedicamos este viaje a ella: a Sputnik, la amistad en la vía. ¡Por Sputnik, esa "compañera de viaje"! Porque la mejor persona que conocimos en estos diez días fue una perrita que supimos bautizar Sputnik.
 
 
 
(La Paloma, domingo 10 de junio de 2018. Bajo un cielo a punto de reventar en lluvia, de la que esperamos y rogamos que Sputnik sepa resguardarse).

  

*Lucía Lavezzari (1985), psicóloga argentina residente en Berlín. Camilo Rios (1986), investigador en ciencias sociales. https://elgrupetelector.blogspot.com/

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