Revista digital de Experiencias y Arte

Seguinos en:  Twitter logo Facebook logo

Caminar
28/04/2014
Escrituras

El precio de la autobiografía docente

Destellos de un profesor de literatura.

El precio se paga en forma literaria

Jorge Panesi

Día 1

Frente a la pregunta qué hace que esta ocupación de enseñar sea maravillosa trata de escribir pensamientos, algunos hilos y también sus recuerdos. Cree recuperarlos. Anota la primera sensación y algún diagrama, no le gusta escribir “programa” o “planificación”, sí “diagrama”: como un vértigo, un movimiento o saltos en el tiempo, recolección de escenas, salida a la pesquisa de lo incierto, de aquellos cuerpos que algo dejaron como puro alojamiento;  salir a la caza de las vidas que sintió tocar –y que, en realidad, es la suya; el trazo de unas huellas. Anota: “soy el que nada/ hasta las lluvias/ de su infancia”. También, siente la deuda de armar no sólo el trazo de una pasión y el amor, sino también sus dolores, sus desencuentros y enojos. También de eso se trata enseñar. Sabe que su profesión es esa, enseñar, pero siempre se preguntó si enseñaba. Tampoco sabe de antemano cómo hacerlo, sólo sabe sí del misterio del encuentro, de su búsqueda y del pensar. ¿Quién monologa su propia biografía, qué palabras como una lengua extranjera son sopladas desde la suya?, ¿qué voces y cuerpos lo habitan?

Se siente el náufrago de aquel texto de Nietzsche: el que abandona tierra firme y se lanza gozoso al naufragio. Sin punto fijo se zambulle a dar con algo, a lo insospechado de un destino; y lo que escribe tiene que ver con un destino.


 

Día 2

Otros pensamientos horas antes de llegar a la escuela. Saca la agenda y en el colectivo anota: “la sensación de felicidad no es sólo de enseñar sino, además, enseñar literatura, ese objeto que instala un desborde, algo del orden de lo imposible”. Hoy, esa zona incierta le da cierta seguridad; él sabe de su ignorancia y de sus miedos: quiere saber y sabe poco. En algún momento, pensó que era un obstáculo para ser profe.

 

Día 3

Una huella comienza a madurar y a durar

 

Encuentra, lee y anota un destello, Sylvia Molloy: “La vida es siempre, necesariamente, relato: relato que nos contamos a nosotros mismos como sujetos, a través de la rememoración, relato que oímos contar o que leemos cuando se habla de vidas ajenas”; también, presiente que relatar las huellas del otro es hacer hablar las propias, unas pisadas apenas perceptibles que con la palabra no alcanzan a madurar.  ¿Cómo escribir ese encuentro salvo en su ausencia, en su carencia?

Anota cosas sueltas: “mi hermano, unos papeles y algunas palabras”. Un recorte de su infancia que no llega a ser imagen viva, se siente desfigurado.

Escribe un subtítulo que se vuelve paradoja: “una huella comienza a madurar”.

 

Día 4

Algo de lo lejano se abre paso en su memoria, algo sobreviene como pura nostalgia; levanta la cabeza y puede ver aquel juego que como un azar despuntó un deseo; el simulacro de ser profesor, y era como un trazo dejar una huella en el desvío de la repetición. A los ocho años, jugaba a enseñarle a Miguel, su hermano: “acá dice montaña”, y le señalaba garabatos o picos en lápiz en los papeles viejos de su viejo. Repetí –le decía-: “mon ta ña”;  y el hermano en fuga y con risitas decía “motoaña” “motoña”. Ambos sentían la extrañeza del lenguaje, su torsión o distorsión en esa palabra que anunciaba en el desvío su destierro.

Vuelve al garabato y lo reconstruye; también encuentra una imagen: quería escribir para leer. Algo andaba buscando. Su papá le regalaba papeles y era una fiesta la blancura de las siestas sin dormir en la soledad del patio, en donde la abuela le enseñaba en esos juegos otras vidas: actuaban, ficcionalizaban, vivían, aprendían. Él, con lápiz y juguetes, garabateaba su biografía ficticia pero que anunciada lo atrapó, un arte de la revelación en el invento. Esas escenas  ante sus ojos –también ésta-que recorren la mano hasta llegar a un destello, alcanzan una vida, remueve una verdad. Escribirse uno es dibujarse existencia, ser partero de un texto-cuerpo.

Repasa una escena cercana: la foto de la infancia, que recupera la infancia. Recuerda los trajes de la cultura que la literatura lo invitó a desandar.  ¿Qué le pasó a él con la literatura? ¿Por qué piensa que la letra le enseñó un destino? Siente que ahí está el chispazo de una alegría. Leer deshabita y habita, construye mundos posibles, insospechados;  esas entradas a las entrañas de lo imposible-pensado armaron dibujos en su boca, trazos de labios masculinos sobre labios masculinos; pura clandestinidad con el misterio como acogida: extraño en una casa extraña –escribe ahora sin metáforas, y decide el título, un posible título-.

 

Día 5

También, recuerda la experiencia de lo insólito. Fue como imantado por un azar o una fuerza que, en aquel recreo, caminó hasta ella y le dijo: “profe, quiero estudiar literatura”. Nunca había probado el desvelo de la lectura en sus 14 años, pero dijo eso. A pesar de que le dijera “yo porque estoy casada, con la literatura no se come”, él tuvo el profundo presentimiento de que su felicidad pasaba por los papeles y no por la plata. Igual le dijo “gracias” y siguió.

 

Día 6

Sólo relee su texto. Vuelve a pensar en la pregunta y siente que recorre escenas sin saber a dónde va. Se da cuenta de que escribe de noche, ese es el único cálculo: la noche y la oscuridad; también escribe con la irritante sensación que recorre la historia de su profesión. Se ha dado cita a sí mismo en esas escenas. Se siente conmovido por lo que le dispara la pregunta, esa memoria convocada a fuerza, también dan cuenta de un dolor.

 

Día 7

Como una revelación emana algo del texto, una zambullida a la escritura para decir o hacer hablar el deseo o el goce, pura carne en la página. Su primera lectura fue de un libro robado de la biblioteca: Rosina mi canoa. Recuerda que lloró. En su casa humilde, con su familia humilde, con sus paredes húmedas y humildes y su techo humilde; no había libros ni bibliotecas, lloró. Con aquel desvío y este golpe que escribe siente que comienza una historia, con sus encuentros y desencuentros. Ponerle un orden a su vida, a la “elección” de su vida, al gusto -educado o maleducado- en el grafo es romper cierta temporalidad; sólo escenas que se tejen como un texto; tejido que arma no sólo su presente enseñando, sino también aprendiendo.

Piensa en la universidad y en el goce del pensamiento. Evoca a aquel profesor y la extraña sensación de felicidad, una felicidad cruel y tirana que lo dejaba como oyente bajo la sombra de su propia ignorancia. Piensa en la admiración tirana que lo dejaba mudo.

También, recupera a Marta cuyas preguntas la interrogaban y lo interrogaban sin la tiranía de poseer la respuesta; la pregunta hospitalaria, la que se enuncia, acompaña y con hostilidad se vuelve misterio compartido. En Marta no encontró nada de la prolija lectora universitaria, nada de los rituales de la palabra bañada de soberbia, nada de la pedantería del pedestal, sino que lo soberbio era el hilo del pensamiento que como un hilván se encontraba con otro y tejía y destejía abandonándose a la reflexión apasionada. Marta preguntaba “¿será así?, ¿qué piensan?, son preguntas que las pienso y las pienso y no sé”. Alguna vez la imaginó llorar frente a algún pasaje de Proust. Ese entusiasmo era puro contagio.

 

Día 8

En la escuela que trabaja actualmente, Franco, Juan, Paula y July lo buscan y le piden libros. Presiente que ahí hay un lazo incierto. Juan le lleva historias, futuros textos: “escuchá, Carlos, la trama de esta novela”. Ese día llega sólo Franco a buscar una novela prometida. Aprovecha y le pregunta si antes leía, si no se aburre en sus clases. Le dice: “Me gusta que no nos hacés contar el cuento. No sé cómo hacés, pero nosotros decimos y vos como que lo juntás y armás ideas, como que nos preguntamos y al final todos nos encontramos y nos preguntamos cosas. Me gusta que vos no decís “las cosas son así”, que entre todos vamos armando una idea”. Ese día se va contento.

 

Nunca dijo que en sus prácticas lloró; pero sí, lloró. Lloró saliendo de la escuela, la Media 8 en Bahía; lloró por la historia que despuntaba Gladys, su alumna del nocturno, lloró por su vida y su pobreza y su casa húmeda y el libro robado. La voz de Gladys siempre lo acompaña: “Gracias Carlos por esos libritos que hiciste, no sabía que podía escribir y que a alguien le gustara lo que hago. De negra cartonera a escritora famosa”. Recuerda el texto de Gladys: “En la noche sin estrellas el caballo mira el cartón que muerde y lastima mis manos”. Siente que ese texto lo muerde, siente que la literatura le marcó otro rumbo -ahora habla de él-.

 

Día 9

No busca cerrar, sino concluir. Anota al margen del cuaderno que acompaña su pensamiento: “nunca sé de antemano cómo enseñar, el misterio de los encuentros y su búsqueda”.

 

Anotación 2:

 

busca un libro

abre

lee

 

marca con una x

una frase

 

ajena

 

anota un destello

 

piensa y vuelve

 

se imagina mañana a las 8

trata de controlar lo incontrolable:

la pregunta de Sofía

el enojo de Martín y también su cansancio

 

lee y anota y recuerda otro texto

lo busca y lee

-en voz alta

y lo llena de gestos-

 

recuerda que Martín le dijo

“me aburro”

-eso le dolió-

 

se levanta

camina

y mueve los brazos

 

le hace fintas al aire

que toma forma de aula

 

es tarde

y está cansado

 

en soledad

-también-

se inventa un chiste

un gancho a modo de conquista

 

(nada pasa

o pasa después

o no pasará)

 

busca esa pregunta

que no espera una respuesta

-la pregunta que le molesta a Sofía-

 

se sienta y escribe

dolido

cansado

enojado

gozoso

 

 

*Eterno aprendiz de profesor.

El precio de la autobiografía docente
CALI DUARTE
CALI DUARTE

Artista: Greg Hanson (Estados Unidos), técnica mixta (assemblage/collage)

Comentarios

muy bueno! me encanta cómo

muy bueno! me encanta cómo algo tan personal y encima autorreferencial pone en escena literaria -o simplemente comunicacional..., o escritural- la transposición del yo que es mística (mística sólo es la trasposición del yo en el serlo todo por otro o a través de otros, diría el viejo Macedonio) y de esa manera se gana a sí mismo diseminándose, día a día...

Sí, la aventura de enseñar

Sí, la aventura de enseñar todos los días es una autobiografía constante. Es la pregunta por el existir humano y el vivir del yo. Yo procuro enseñar mi vida en la clase para que ellos no repitan errores. Mi biografía tiene un capítulo en cada sesión de artística. Es como si el arte estuviera merodeando mis sueños. Es como si mis sueños fueran pedagogía. La pedagogía del existir con cada mundo infantil. Cuantos currículos perversos, ocultos, surgen después del toque de la campana para cada encuentro? Cuantas Frases de enseñanza plena decimos en cada clase?

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
Este sitio web puede incluir contenido de terceros y/o vínculos con sitios web externos (empresas y particulares, entre otros) que no pertenecen a QRV y de los cuales éste no se responsabiliza por la veracidad y exactitud del contenido publicado, o de las opiniones o comentarios vertidos por los usuarios, o cualquier consecuencia que pudiere derivarse del ingreso a los mismos y/o su utilización.

ISSN: 2545-6814Diseño: chouch - Programación: ConDrupal