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12/10/2017
Espacios

El falso dilema de los baños

En el dilema baño mixto SÍ – baño mixto NO, se juegan dos cuestiones fundamentales: qué pensamos acerca del sexo y el género, y qué pensamos acerca del vínculo entre arquitectura y subjetividad.
Por: Lucila da Silva*

Aunque en la Universidad Nacional de La Plata hay “baños mixtos” desde 2012 y en la Universidad Nacional de Cuyo desde el año pasado, el tema de los “baños sin género” entró en agenda en los últimos días, cuando se conoció la iniciativa de la Directora de una escuela técnica de Tigre quien intentó implementar un “baño unisex” para que “las mujeres y los alumnos gays y trans” pudieran ir al baño sin ser hostigados. Lo notable en este contexto, es que en la totalidad de los discursos que han circulado el dilema toma exactamente la misma forma: se está a favor de la implementación o se está en contra, pero los baños mixtos siempre son concebidos como el espacio donde dos identidades (femenino y masculino) simplemente se suman para fomentar  “la inclusión” de los múltiples grises que supuestamente existen entre estos dos polos. 

En lógica, un falso dilema es un razonamiento en el cual se presentan dos opciones como las únicas posibles, cuando en realidad hay varias alternativas más que no han sido tenidas en cuenta. Afirmar que existe un “falso dilema” invita a repensar los términos en los cuales el dilema ha sido planteado. Las “premisas” (aquello que suponemos respecto a un tema determinado) fijan los términos de la discusión. En el dilema baño mixto sí – baño mixto no las premisas apuntan a dos cuestiones fundamentales: qué pensamos acerca del sexo y el género, y qué pensamos acerca del vínculo entre arquitectura y subjetividad. La hipótesis de este artículo es que en paralelo a las reflexiones de género, es necesario discutir el paradigma arquitectónico que habita en los baños como los conocemos.

 

Ni mujeres, ni hombres

La separación sexo generizada más tradicional entiende que existe una relación de continuidad entre los genitales de una persona, su aspecto y capacidades, y sus gustos amorosos  (y que las opciones son sólo: hombre y mujer).  Otra concepción, más progre, sigue sosteniendo que hay solo dos tipos de genitalidad o “sexo” (femenina y masculina), pero que es legítimo que cada “uno/a” decida qué “identidad de género” asumir (gay, torta, trans, travesti, etc.).  Las interacciones entre estas dos concepciones se observan con claridad en las imágenes utilizadas para ilustrar la polémica de los baños: si los sectores conservadores se aferran a los icónicos (¿?) dibujos que desde hace muchos años indican los respectivos baños, algunos sectores progres se valen de los mismos dos supuestos iconos para manifestar su deseo de dar cabida a las variopintas combinaciones. Así, como en el lenguaje de bits, donde todo lo que se dice es el resultado de combinaciones entre ceros y unos,  algunos discursos de la diversidad invitan a celebrar 3, 9 o acaso –como propone Facebook- 54 (¡!) identidades de género. Estos nuevos géneros aparecen así, como los grises entre dos polos primarios a partir de los cuales el resto se define.

En ese contexto, la posibilidad de implementar los baños mixtos supondría sumar los elementos arquitectónicos específicos de cada uno de estos géneros primarios, para así poder “incluir” a los Otros, a los que sobrevuelan con mayor o menor definición (el imperativo es definirse) la autopista que va de lo masculino a lo femenino. Sin embargo, a pesar de esta visión bastante generalizada, existe otra posibilidad, a la que de alguna forma invitan los autores queer cuando se preguntan si acaso no podemos pensar que también el sexo es, como se dice, una “construcción cultural”.

Supongamos que así es. Cambiemos una de las premisas de nuestro dilema. Vamos a entender que nuestros genitales no nos dan más identidad que nuestras manos u otra parte del cuerpo, ¿cómo tendrían que ser nuestros baños públicos?

 

Arquitectura y subjetividades

El baño es un espacio relativamente nuevo. A mediados del siglo XIX aparecieron en nuestro país legislaciones que prohibían tirar las “aguas servidas” por las ventanas y obligaban a la población a construir un “pozo negro” o una “letrina” en el fondo de sus casas (no había cloacas y preocupaba que el aire que emanaba de allí causara enfermedades). Los primeros inodoros llegaron a nuestro país a fines de ese mismo siglo, pero recién se volvieron un artefacto de uso generalizado a principios del siglo XX. Esta fue la evolución doméstica, a nivel institucional las cosas fueron distintas.  

Los ejemplos históricos pueden resultar útiles para ilustrar cómo los espacios que conocemos y frecuentamos (y que elegimos construir) no fueron siempre iguales, y portan concepciones acerca de nosotros mismos. En ese sentido, podemos preguntarnos acerca del rol de la arquitectura en la sociedad, si ella refleja o representa nuestros cuerpos y nuestras formas de habitar, o por el contrario, si los produce y en algún punto los constriñe.

En las escuelas los “water” existen desde fines del siglo XIX y casi siempre estuvieron separados por “sexo” (siempre lo estuvieron en las iniciativas oficiales). Dado que hace muchas generaciones que todos debemos pasar por la escuela primaria, se hace evidente la importancia que tiene el uso del espacio escolar en la formación de los niños. Hay, en ese sentido, dos discursos que a partir del uso de los baños llegan a los niños intersectados. El primero es que existe una distinción fundamental entre ellos (nenes y nenas) y el segundo es que el baño es un lugar íntimo.

Intimidad y sexualidad

Si bien la mayoría de las preocupaciones acerca de los baños mixtos señalan la reticencia a compartir con alguien “del otro sexo” un espacio que se supone íntimo, no está del todo claro el tipo de intimidad que se produce en los baños públicos como los conocemos. Pareciera que en los baños se despliega una intimidad singular, una intimidad entre iguales. No se trata, a diferencia de algunos usos del baño doméstico, de un lugar donde cada persona puede cumplir con el total de las funciones localizadas en el baño aislada espacial, visual, olfativa y auditivamente. El caso de los baños públicos es bien distinto, ya que la aislación visual y espacial es limitada y no hay aislación auditiva ni olfativa (en raros casos hay extractores). Los cubículos están abiertos por arriba y por abajo, y el resto de los espacios son abiertos. Además, en el caso de los baños “para hombres” hay que agregar a los mingitorios como un espacio de exhibición total. Entonces, la intimidad de alguna forma reside en ver y ser visto, oír y ser oído, oler y ser olido; compartir en suma estos espacios con completos desconocidos, cuyo único vínculo está dado por una (cuestionable y cuestionada) diferencia de sexo.

De manera análoga, la sexualización de los baños hunde sus raíces en la teoría psicoanalítica más oxidada, aquella que rara vez puede sacar la nariz del agua del determinismo biológico y la heteronorma. No está claro por qué se asume que tener baños sin género puede inducir traumas o conductas sexualizadas precoces en el caso de los escolares.  Además, resulta preocupante la cantidad de argumentos en contra que postulan el miedo a las situaciones de abuso en los baños. Si hay abusos en los baños,  ¿qué se juega en esos abusos, de los cuales no hemos hablado hasta ahora?  

 

Sólo “baño”

A contramano de algunos discursos muy difundidos, es importante sostener que no hay una idea unificada de lo humano, ni del cuerpo humano, ni de las funciones de estos cuerpos. Algunos autores sugieren que lo humano mismo se ha subjetivado en las convenciones arquitectónicas, lo cual quiere decir que las construcciones con las que nos vinculamos a diario no nos reflejan, sino que nos ordenan y gestionan nuestras formas de estar en el espacio, y en estos movimientos nos producen. Otros autores sugieren específicamente que resta explorar el vínculo entre arquitectura y poder. Acaso también sea fundamental pensar este vínculo teniendo en mente que ningún espacio es espacio-no-vivido. Es decir que los lugares se definen dinámicamente en una negociación constante con nuestras lecturas y nuestros cuerpos, con nuestras formas de habitarlos.    

Aceptando estas premisas podemos decir que no existe un dilema frente a los baños, porque no hay sólo dos opciones (baño de un sexo, o de dos), sino que las alternativas son múltiples. Es posible construir baños para todxs donde la intimidad no esté heteronormada. Lamentablemente, no es suficiente con repensar los espacios en los que vivimos y los que queremos vivir. El código de planeamiento urbano de la ciudad de Buenos Aires (del cual se han clonado todo el resto de los códigos) es categórico, impone límites precisos. Actualmente, se está discutiendo un nuevo código y nada indica que la gestión de la CABA, ni de la nación vaya a tener alguna iniciativa al respecto de los baños públicos como los estamos pensando aquí. Es más, nada indica que podamos a corto o mediano plazo seguir explorando las posibilidades abiertas por las leyes de Identidad de Género y de Educación Sexual Integral. Es esperable que los mismos obstáculos con los que se enfrentó Silvia, la directora resistente de Tigre, estén esperando a muchos de los que tengan iniciativas similares en ámbitos oficiales.

En este panorama, mientras militamos el cambio material, quizás podamos aferrarnos a la idea de que siempre hay otros espacios y también espacios otros, que  podemos habitar de maneras múltiples, en estrategias vitales. En un sentido, estas estrategias son las que están poniendo a funcionar lxs pibxs en las escuelas cuando piden ir al baño de los preceptores, o que los amigos hagan de campana; o las chicas en manada dentro de los baños “de hombres”. Son formas de okupar los espacios del poder. De escabullirse, de desafiar y de animarse a resistir.  


*Politóloga, docente e investigadora universitaria.

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