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Caminar
17/07/2018
Signos, oh

Contra el {todes}. Por un significante moreno

En cuestiones de gramática, no debieran confundirse fenómeno social con fenómeno de lengua. Aun cuando se busque una solución llamada “lenguaje inclusivo", el subalterno siempre queda afuera.
Por: Facundo Laurenti*
 

Plebes non plevis

(Appendix Probi, s. II-III d. C.)

 

La lengua rechaza a los monstruos. Lo que no se avenga al sistema será expulsado o perseguido por la turbamulta de hablantes, a menos que esa creación extraña se adscriba al arte o a la literatura. Signos como {mierdra}, {houyhnhnm} o {chuchuhuá} son posibles en un mundo artificial (el de Alfred Jarry, el de Jonathan Swift o el de Piñón Fijo), pero las lenguas naturales son impiadosas con esas formas demasiado audaces. El {todes} tiene potencia literaria y una música modesta, pero como palabra se disipa en una zona de exclusión o de befa dentro de las hablas populares. Esto último no quita que podamos renovar regularmente el repertorio de signos, incorporarlos al idioma y conferirles al cabo una vida aceptable o desdichada. Por espantoso que se muestre, ningún signo altera el orden natural de una lengua, por lo que {todes} no es un monstruo a causa de su apariencia leve, sino por admitir su significante un segmento sintáctico imposible. Digamos ahora que, en este ámbito, imposible significa no proferido jamás por la comunidad de hablantes.

Para que haya signo, se unen por un lado el significado (Sdo), la parte conceptual, abstracta, y por el otro el significante (Ste), que es la materia por la que percibo al signo. Si escucho una cadena de sonidos que forman el Ste /á-r-b-o-l/, veo de inmediato la copa, el follaje y el tronco. Si en cambio escucho la cadena /árbol sintáctico/, veo otra cosa: triángulos sin base dibujados en el papel o en la pantalla. De manera que en los dos casos hablamos de un mismo Ste, /á-r-b-o-l/, pero la combinación con otro signo, el adjetivo {sintáctico}, modifica el Sdo. El signo puede estar sólo, pero significante o significado pueden cambiar si se asocian con otros signos. Esto último, a grandes rasgos, se llama sintaxis. Para Roland Barthes, esa fatalidad esencial de los signos tornaba a la lengua un sistema fascista, “no por lo que me prohibe decir, sino por lo que me obliga a decir”. En francés, recuerda el semiólogo, si yo quiero afirmar algo, estoy obligado a colocar el sujeto antes del verbo. Estoy obligado, como usuario del francés o del español, a optar por el masculino o el femenino. Sometidos a la combinación reglada y severa de las palabras que profiero, ese duro control sobre el habla nos permite saber cuándo nos salimos de ese régimen, seamos semiólogos o no.

En el fondo, conocer una lengua consiste en saber qué segmentos de esa estructura funcionan bien o mal, se pueden decir o no. De ahí que una frase como [*un soy escritora] es un imposible para todo usuario del español, que es un sistema fascista como cualquier otro. Estoy compelido a colocar el verbo antes de la construcción nominal, a concordar en género femenino el artículo con el sustantivo. Si no obedezco, si por ejemplo dijera {bienvenides estimades lecteres}, entonces estoy fuera para el otro, que también está bajo la misma tiranía sobre el significante. Al exquisito Barthes de la “Lección inaugural" le parecía que los signos de la comunidad de hablantes eran “gregarios", piedras gastadas que se arrastran en el lecho sereno y rígido de la lengua, y postulaba que la única vía de escape a ese poder era la literatura. (Sería interesante pensar en la inversión que hace Verlaine en “Arte poética", donde aboga por un significante leve y modesto, réplica del significante natural, mientras que “todo el resto es literatura".)

La literatura, por consecuencia, es una institución desviada, porque al liberar el Ste, pervierte la estructura autoritaria de una lengua. Los formalistas rusos creían que esa condición hacía el distingo entre lengua y literatura. La ostrenenie (el extrañamiento) hacía que el caballo de Tolstói hablara como un hombre o que Maiakovski fracturase el verso hasta el suicidio (pero antes del tiro del final, recuerda a la manera de Verlaine la modestia fundamental del signo, y escribe que las palabras son “pétalos caídos bajo los tacones de un baile"). La realidad, sin embargo, nos ayuda a matizar ese contraste, puesto que también esa institución fascista es capaz de poesía, sobre todo en el campo genital (“la concha del toro", por ej.), pero también para cuantificar cosas o emociones (“pesa una bocha", “te quiero bocha"), y aun para enunciar la transacción como un acto excretorio (“me lo voy a cagar comprando"). Incluso existe en la gramática una zona específica para los signos que toleran poco la presencia de otros signos, donde la clase de las interjecciones se nos revela como la más lírica y la más pobre, pues en esa posición todo está fijo y todo aparece como contrahecho: recórcholis, cáspita, chu, aijuna, aiaiay, uy Dio, chaíto, son formas de encierro gramatical y de liberación de las almas a través del Ste: “Temblores en compactado ovillo", diría el sufrido Maiakovski.

De manera que una forma aceptable de salirse del poder rizomático de la lengua reside en la creación de un Ste alternativo. La propuesta barthesiana es posible, puesto que la literatura oral y la escrita han sido las primeras explicaciones del origen del mundo (mitos, cosmogonías, los relatos bíblicos). Antes de ser escritos, los signos de la lengua crearon dioses y mundos inaccesibles para fundar la historia humana. La apuesta gramatical de las feministas, en cambio, persigue un imposible lingüístico, y por tanto un imposible social. Para construir una visión del mundo, necesitamos una lengua común que la propague. Es sabido que el dominio de las minorías patriarcales se expresa en las relaciones sociales, no en los formantes morfológicos, que son propiedad de una lengua. En consecuencia, la nobleza de estas militantes las vuelve repulsivas del otro, o simplemente antipopulares, a causa de que pretenden cambiar lo más solidario que posee la estructura de una lengua, esto es, el significante. Si yo sé lo que significa {sorete} es porque ese signo es compartido por todo el pueblo argentino. Si por el contrario alguien dijera {parresía} o {panóptico}, la intercomprensión sería apenas grupal. Si acaso dijera {la vraie vie est ausente. Nous ne sommes pas au monde}, entonces hablamos de otra lengua, que en este país se restringe a muy pocas personas. En general, conocer otra lengua consiste en reconocer sus Stes, por eso no puede funcionar el {todes}, porque, a diferencia de la literatura, el pueblo monolingüe no reconoce ningún signo extraño, mucho menos si el signo muestra señales de alguna lesión morfológica. Para aquellos que no transitan la universidad, las instituciones pequeñoburguesas o los cenáculos de la cultura librepensadora, {todes} les suena “horrible", no por prejuicios de orden político, como pasa con los reaccionarios, sino por sanidad del signo español. Como no es literaria, como no hay una convención a priori, se sospecha que “algo anda mal” en esa palabra.

Cuando se dice que las lenguas son lenguas vivas, no se alude a una metáfora, sino más bien a una hipálage. Se las llama así a causa de que son los hablantes quienes sostienen el sistema con sus vidas. De ahí que por oposición hablemos de lenguas muertas, es decir, de un idioma sin usuarios. Debemos decir inmediatamente que por esta razón las lenguas cambian vertiginosamente, y ahí es donde importan las instituciones que evitan lo que pasó en Babel, sea la RAE, la universidad o incluso el viejo choto repugnado ante la verba adolescente o marginal. Nótese que una forma como {nadien} cae en la censura de todos aquellos que piensan al lenguaje como una posesión privada. Se dice {nadie} ciertamente, pero el escándalo surge más de mi clase social que de la modificación del Ste. Es curioso que este incremento del Ste ocurra en este signo, que por su origen debiera ser {nadi}, sin la -e paragógica (cf. la Copla VIII, de Garcilaso: “Nadi puede ser dichoso"), tal vez porque el sistema español es remiso a cerrar la mayoría de sus signos con -i o con -e átonas. Correctamente, se dice {nadie}, pero solo porque esa es su apariencia estándar, que supone la variedad lingüística más despojada. Este lecto simple y autoritario evita las marcas dialectales para dotar de cohesión a las hablas dispersas en el territorio. Hoy la RAE no sanciona esas marcas como lo hizo durante siglos, de manera que no tienen sentido los mohines onda punk del que la cuestiona por pecados que ya no comete, si bien puede quedar entre sus filas uno que otro miembro nostálgico de hogueras pasadas.

En cualquier caso, el antiguo gesto patronal y prescriptivo de los gramáticos peninsulares permanece en docentes conservadores y en feministas radicales. En la escritura, por ejemplo, se sancionan los errores ortográficos o el fragmentarismo de la pantalla del celular o de las redes sociales. Todos parecen acordar en que los verbos <ay> o <ai> “no existen", y afirman, como hacía el Santo Oficio de la RAE, que solo merece vivir la forma <hay>. Como se ve, estos dueños ocasionales del español confunden sistema con norma, y garabato con signo, igual que los gauchos analfabetos del cuento “Polemistas", en cuya pulpería los aparceros hacen una apuesta sobre la existencia o no del Ste escrito de la palabra {trara}. El que afirma que sí, dibuja un garabato en la tierra y gana. Ahora bien, una diferencia entre los palurdos y los que apuestan por sufijos insólitos (la -e de {tod-e-s}, la -a de {cuerp-a}, la -i de {pib-i-s}) reside en que los primeros son conscientes del artificio que significa el pasaje del habla a la escritura, mientras que los segundos postulan que la lenguas humanas se rigen por acuerdos civiles. De otro modo, los gauchos saben que todo signo escrito es una copia muy pobre de la lengua hablada, y a la inversa, las compañeras feministas creen que el habla imita la escritura, que es un conjunto de garabatos ulteriores al origen de las lenguas humanas. De otro modo: nuestros orilleros saben que podemos acordar símbolos, no morfemas.

Es curioso entonces que se nos acuse de ortodoxos cuando negamos un sufijo convenido de facto, habida cuenta de que pensar el cambio lingüístico como si se tratara de un arreglo ortográfico conlleva una labor de corte policial idéntica a la de los puristas e hispanófilos de otrora. “Se dice {todes}, non {todos}", “pibis, non pibes”. Es curioso, además, que seamos nosotros los victorianos cuando naides o muy pocos se preocupan por defender el significante de los oprimidos, por ejemplo cuando dicen {ameo} por {amigo}, {gato} por {ladrón}, o escriben <haci> por <así>. Recuérdese que el gauchaje, el pobrerío y la clase obrera son los más productivos en cuanto a la innovación del signo, y en general nunca alteran el funcionamiento del sistema español. Las academias y los dómines de la cultura fustigan esa creatividad del subalterno, puesto que la perciben como disruptiva o malsonante. Como los defensores del feminismo sintáctico, la oligarquía dice: “X, non Z", “cupo, non cabió", etc. En el año 1842, ya el abominable Sarmiento se burlaba de esta mirada reprobatoria sobre las voces populares: consideraba a los gramáticos de entonces “si nos perdonan la mala palabra, el partido retrógrado, estacionario, de la sociedad habladora” (“Ejercicios populares de la lengua castellana”).

En cuestiones de gramática, no debieran confundirse fenómeno social con fenómeno de lengua, pero es lo que ocurre a menudo entre los doctos malhumorados y los progresistas en pose. Aun cuando se busque una solución llamada “lenguaje inclusivo", el subalterno siempre queda afuera, sea macho o sea hembra. En “El matadero” de Echeverría se exponen estas dos realidades en general disjuntas: la lengua popular, de las mayorías, es vista por el narrador como una emanación o atributo social. Para el exquisito Echeverría, las voces de la negrada rosista (negros afro, mulatos, indianos) son formas de una lengua sucia, presintáctica, puesto que se trata de animales: “Deberíais andar como ellos, en cuatro patas", dice el unitario cautivo. La chusma, en un registro vigente, dice “¡Che, negra bruja!, salí de aquí antes de que te pegue un tajo". Los morochos de Rosas dicen del unitario que “es un cajetilla", y se divierten haciendo símiles infames, como el de las bolas de un toro, “más grandes que la cabeza de [un caballo] castaño". En esa lengua baja de mediados del siglo XIX reconocemos el “idioma de los argentinos” y sentimos la voz impostada del unitario en la parte más oscura de la historia del español general. Este documento oligárquico revela a su pesar que lo que ahora se dice en la periferia de la cultura dominante es una muestra de la lengua por venir. Es verdad que no han muerto los salvages unitarios, pero es verdad también que la sintaxis y el léxico son dominios de la plebe.

A este punto quería llegar. Es fácil probar que el sufijo feminista de tod-e-s es una suerte de morfema jergal, que sólo subsiste en reductos (las academias pequeñoburguesas, les feministes, les impostoris como la diputada Lospenatto, les activistes por la identidad sexual o les troskes de siempre). No cuesta mucho pensar en el pobre futuro de ese fragmento bien intencionado, que se recluye o se aisla de los hablantes reales, de las mayorías de mestizos, de analfas, de niños en general, de mapuches bilingües, de gronchos peronistas, de los hijos de indios que “hablan como indios", de los hijos de negros que “hablan como negros" y de los hijos de villeros que “hablan como villeros". En nuestra nación al menos, esa multitud pardusca hace que el dialecto argentino tenga su riqueza o aun sus formas ligadas a la ostrenenie de Schklovski. Ya vimos hace un momento de qué manera la plebe diversa del matadero echeverriano se comunica a través de un Ste poético, más allá de que ese Ste adscriba a usos nada simpáticos, como en el “denle verga” o “denle mazorca” por el que se somete al despistado cajetilla.

El problema mayor del sufijo feminista consiste en su carácter artificial, acaso estetizante. A partir de que Saussure definió el objeto de la ciencia lingüística, sabemos que un rasgo decisivo del signo es su arbitrariedad. En español no hay ninguna razón que vincule la palabra {mujer} al miembro hembra de la especie humana. Nada motiva esa unión entre el Ste y la cosa designada, puesto que en nada se parecen la palabra {mujer} y la persona a la que refiere. Rara vez ocurre lo opuesto, como en el caso de las onomatopeyas o algunas palabras que se formaron a partir de sonidos específicos, como {borbotón} o {pija}. Al ser resultado de un pacto normativo, el sufijo feminista anula el rasgo arbitrario, ya no sucede porque sí, sino que postula una semántica imposible, en la que una [-e] denota una especie de híbrido morfológico: el género plural.

Un elemento así genera incertidumbre en el hablante, que adquirió una gramática para siempre. En consecuencia, toda esa información combinatoria entra en conflicto con este morfema ortopédico, ya que no podríamos unir los signos de manera inmediata, esto es, sin hacer un cálculo previo a la combinación natural. Así, hay pronombres que ya no se podrían usar, como {ellos} o {los} en

{Juan y María no vinieron a casa. Ell?s siempre tienen una excusa. Igual l?s queremos}

Para que {ell-e-s} sea posible debo incurrir en dos procesos mentales: uno de carácter sexual, en el que hay una persona hembra y una macho, y otro de tipo lingüístico en el que encierro esos datos en una pequeña -e. El costo psíquico (la confrontación entre datos del mundo y de la lengua) es demasiado alto para el hablante del español, que usa el masculino plural sin pensar en los problemas que atañen a la diferencia de géneros en la cultura. Además, el sistema sobregenera rasgos, ya que en ell-e-s la [-e] feminista y la [-s] contienen una información idéntica, o sea, “más de uno”. Finalmente, surge un escollo de tipo dialectal en la última oración, donde {l-e-s} adopta la forma de dativo, como ocurre en la variedad del español peninsular.

Si uno presta atención, la dulce niña del video que circula en las redes, cuando explica el “lenguaje inclusivo”, en un momento dice que “los, las y les trans no se sienten identificadOs con todos, todas y todes”. Nadie parece notar que la piba dice “identificad-o-s”, en vez de “identificados, identificadas e identificades”. Usa el masculino general, sin embargo, no porque lo use mal en ese contexto de lenguaje inclusivo, sino porque sencillamente no puede desligarse de las regularidades de su lengua materna. Además, titubea cada vez que tiene que incluir los dos géneros del español y asociarlos con el morfema inclusivo. A menudo se notan las fluctuaciones pulmonares al emitir esa tríada, ya que son cadenas antieconómicas, como cuando dice quince sílabas en vez de cinco en “acostumbrados, acostumbradas y acostumbrades”,. Sin embargo, esto último también es inevitable para esa niña vivaz, no solo cuando emplea el “identificados” de recién, pues también dice “nosotros y ell-o-s”. La niña entonces hablaría mal esa jerga, si existiese. La dispersión morfológica, los afijos artificiales y los cálculos mentales conscientes en el armado oracional llevarán a la niña a un rápido hartazgo de la fonación.

Un lenguaje inclusivo no debería poner el foco en un segmento social. En primer lugar porque el sistema, esto es, la estructura sintáctica de una lengua, no se rige por voluntades civiles. Es sabido que la ultraconservadora sociedad turca, por caso, considera a la mujer como objeto del yugo y la ferocidad masculinos, a pesar de que la sintaxis de su idioma podría convertirse en una Utopía Feminista. La lengua turca carece de morfemas de género, al igual que otras lenguas menos patriarcales. No hay “él" o “ella" en el turco, pero en el orden social domina el hombre. La opresión humana prescinde de gramáticas. Este vínculo vacío entre lengua y género, suscita en el lenguaje inclusivo otro problema: es una propuesta inofensiva.

Sin llegar a ejemplos extremos, como sucedió con el proyecto universal del esperanto, no se conoce en efecto ningún caso en el que la modificación de una gramática particular haya tenido por consecuencia la modificación de una sociedad, o aun siquiera de algunas conductas grupales. En cuanto a la cuestión lingüística, el opresor solo se interesa por dos cosas: eliminar la lengua oprimida y borrar los significantes del pobre. Si una lengua combate mi forma de ver el mundo, debe morir. Las lenguas indias, en general, responden a este deseo de las potencias coloniales, que convirtieron la expresión “lengua muerta” en una hipálage escalofriante. Por otro lado, palabras como “mondiola”, “haiga”, “nadien”, entre otras, horrorizan a la clase que posee su idioma como un territorio más. Recordemos, asimismo, formas mucho más violentas de este borramiento de clase, como cuando se prohibió el Ste “Perón” en la Argentina, para que la barbarie obrera se olvidara de que otro mundo era posible.

Sin la fuerza que confiere el sistema a sus enunciados, el sufijo feminista es víctima de comicidad. Henry Bergson anotó que la risa nace de la contemplación de una falla humana. La risa, por añadidura, restablece el orden natural del mundo. Si me río del hombre que cae en la vereda, es a causa de que debería haber continuado su marcha. Si me río de un funcionario político, es a causa de que ese individuo incumple el mandato popular. Por el contrario, si me río de los negros por su color de piel, esa risa bloquea el efecto esperado, puesto que los objetos naturales, los objetos que no muestran una falla dentro de su mundo, no son objetos cómicos. Así, como el {todes}es un error humano y no de nuestra lengua, en las redes sociales ya circulan parodias de este elemento incrustado artificialmente, que la reacción conservadora aprovecha con gusto: “-Te mande saludes. -¿Quién? -Le Chanche pelude”. O también, uno muy ingenioso o muy morfológico: “’Presidenta’ en idioma inclusive se dice ‘presidente’. ¿Y ahora qué hacemos?”, etcétera.

La lengua es fascista en sus mecanismos sintácticos, pero es más amable con las transformaciones lexicales. Así, un signo como {machirulo} es eficaz porque degrada al modelo masculino patriarcal a la “cosa pequeña o menor” que denota la forma {cachirulo}, y trastorna al macho neoliberal por la vinculación casi directa con el potente {chirusa}. Pero esto no debe llevarnos a confundir el efecto semántico de algunas locuciones: sabemos que {hijo de puta} no significa “nacido de prostituta”, por lo que {hijo de yuta} no parece muy convincente en el marco de un combate discursivo feminista. La pieza modificada pierde en potencia respecto del original, igual que en el cantito “Maurico Macri, el garca que te crió”, donde el aludido siente la ofensa en un grado muy menor al del original, que tampoco significa “parido por una prostituta”. Por lo mismo, huelga decir que no hay bolas en {boludo} ni pelotas en {pelotudo}.

En conclusión, nadie escapa al orden de su lengua natural, de ahí que los sufijos feministas no puedan cambiar un sistema infranqueable. Cuando el filósofo Ludwig Wittgenstein pensaba en la centralidad de la gramática, escribió que “cuando se sabe alguna cosa, es siempre por gracia de la Naturaleza” (Sobre la certeza). De otro modo: pueden borrarla o sesgarla, pero no se puede cambiar la estructura de ninguna lengua. Seamos justos, sin embargo: es posible que este deseo fallido provenga de confundir lengua con discurso. En la acepción más simple, el discurso es la producción de sentido a través de la lengua. Si yo quiero transformar la realidad, voy a generar discursos que de algún modo la conmuevan, y por eso nos referimos a los “discursos” de Perón, por ejemplo, y no a la “lengua” de Perón. Pero también está el discurso de la Derecha, el discurso de la Iglesia, el discurso de los Mass-media. En general, el discurso consiste en lo que hacemos con la lengua que nos tocó en suerte. De manera que está bien si las feministas quieren hacer una literatura de afijos insólitos, pues es verdad que a menudo la literatura cambia la vida interior de las personas, pero es muy raro que cambie la vida social de los humildes y mestizos, que ciertamente saben más de sintaxis que de poéticas rupturistas. Si se propusiera un lenguaje inclusivo de verdad, sería revolucionario el gesto de invertir el orden fascista de la lengua, dando lugar a los monstruos de la sociedad, que todavía hoy se nos figuran como sujetos de exclusión y de befa clasista. Desde Echeverría hasta el Cortázar de “Las puertas del cielo”, pasando por la explícita “fiesta del monstruo” de Borges y Bioy, los pobres han hablado una lengua baja, oscura y deforme, equivalente a su retrato físico. Nadie ignora que también en esa muchedumbre morena también hay mujeres, homosexuales y trans.

 

Miniglosario gradual


Sistema: lengua.

Lengua: sistema de signos combinados por una gramática.

Gramática: conjunto de reglas combinatorias.

Signo: unión del significado con el significante.

Significante: parte material del signo.

Morfema: unidad morfológica, semejante al concepto de signo. Asocia un significado con una forma fonética. En nene hay un morfema, mientras que en nenes hay dos (nene- + -s). Ú. t. ‘formante morfológico’.

Afijo: morfema ligado (no independiente) unido a una raíz, como la -s de nene-s, o sub- en subnormal.

Sufijo: morfema ubicado en la parte final de la raíz, como la -s de nene-s, o la -a de maestr-a.


* Docente neuquino de Lengua y Literatura.

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