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Caminar
23/10/2016
Seriales

Ceniza en el ático

Virtualidad aumentada y vulnerabilidad: en torno a “Enseguida vuelvo”, el primer episodio de la segunda temporada de Black Mirror. (Contiene spoilers)
Por: Andrea Villar

 

 

Un hombre no puede vivir sobre la madera, su imagen sí.
Emanuele Coccia. La vida sensible.

 

La cojera indica el cuerpo.
Philippe Carles y Jean-Louis Comolli,
Free Jazz, fuera del programa, fuera del sujeto, fuera del campo, 2000.

 

Todo lo sólido se desvanece en la nube. Se multiplica en la inmaterialidad de signos[1] e imágenes[2] que capturan la extensión y la duración de la vida.

La “virtualidad real”[3] da, hoy, consistencia a nuestros cuerpos sintientes: imágenes y signos se tienden y proliferan sobre la extensión de los cuerpos, y se confunden con ellos. Virtualidad aumentada[4]: los medios –que “hacen posible una relación a la vez inmaterial e infrarracional, la posibilidad de ser afectados por algo sin ser físicamente tocados por ello”[5]- asaltan la realidad y la virtualizan. Las black mirrors son las prótesis que los humanos se han dado en tiempos donde las imágenes y los signos imperan en el régimen de los cuerpos y sus afectos. Reino de los cuerpos fotosensibles, donde las pantallas vertebran –modulan- más la vida que los espejos –propios de otro “estadio”-.

“Enseguida vuelvo”[6] es el primer episodio de la segunda temporada de la serie inglesa Black Mirror. Ash aparece dando pruebas de solidez extensa, aunque viva esfumándose en su teléfono –como le reclama Sara, su mujer-. Acaban de mudarse de la ciudad al campo, buscando vaya a saber qué. El entorno de Ash seguirá siendo digital, aunque ahora habite la casa de su niñez -ésa que conserva, en el marco de una puerta, las huellas de su crecimiento-. Las fotos de los muertos, arriba, en el ático -que era la manera que tenía su madre de lidiar con la muerte, dice-.

Al minuto 9, Ash muere. Su cuerpo extenso. No sabremos si fue una muerte prematura, si hizo todo lo posible para vivir una vida feliz, intensa[7]. Sí, que ha dejado una enorme huella digital en las redes. “Gran usuario”, perfecto habitante de la luz y su velocidad, para quien una “falsa risa” en su retrato de niño merece ser posteada –obscenamente- como “divertida”.

Su viuda, desesperada, recurre a un software que imitará la voz de su marido, recolectando toda la información “personal” que dejó en vida. “Toca para hablar”, indica la pantalla de su teléfono. Hablan, aunque él no tenga boca.

No será suficiente. A Sara poco le importa si él es o no “real”. De hecho, prefiere hablar con “Ash” a charlar por teléfono con su hermana de carne y hueso, con la que ni siquiera se frecuentan. (¿Acaso la virtualidad no es real en sus efectos, en los afectos que expresa y potencia, en las temporalidades que hace carne en cuerpos que son tanto más reales –más consistentes- por simultáneamente conectados?) Le preocupa la fragilidad de “Ash”, tiene miedo de romperlo. Pero romper el soporte tecnológico no lo mata. “Ash” está en la nube. Allá arriba, “nadie va a ningún lado”, nadie se rompe.            

Sara decide materializar al Ash incorpóreo de la nube. Le llega en caja, en blanco hasta ser activado con electrolitos, en la oscuridad. Como la vida, el clon nacerá en el agua. Pero vivirá como imagen. Libre de eyaculación precoz, no necesitará dormir, ni comer, ni respirar siquiera. Podrá darse lunares y sanar heridas de su piel en tiempo real. Sara será su administradora.

La viuda pronto percibe que “Ash” no se rompe, que ni siquiera su sangre chorrea. “Ash” es la imagen de la mejor versión (imagen) de Ash, ésa que compartió en las redes. Pero lo mejor de Ash era su humana fragilidad, su vulnerabilidad a prueba de almohadonazos y accidentes automovilísticos. Su estar ahí con la historia de su hermano muerto a cuestas, con un relato que daba sentido al único retrato que no había sido llevado al ático. Memoria corporal ausente, que ningún almacenamiento en bytes logra suplir.

En “Enseguida vuelvo”, las imágenes de los muertos terminan arriba, en el ático. Imagos en papel fotográfico, o en carne binaria –la única “telegrafiable”[8]-. Los clones cibernéticos siguen la suerte de los muertos. Paradójicamente, lo que allá en el ático parece resistir, es lo que aquí –y en el ático- ya gobierna lo que vive y muere.

Sin promesa alguna de eternidad (solo la imagen es eterna, por transferible y apropiable por cualquiera[9]) ni beatitud, se muere. No hay cielo, hay nube. Hay áticos: el arriba está en nuestra propia casa. Y el afuera es negado, como se niega la muerte y lo que sufre demasiado.

Todo se desvanece ceniza –ash- en la noche de los cuerpos fotosensibles. Cuando lo que muere, es la mayor parte de la existencia.

                                  




[1] “Bienes inmateriales que actúan sobre la mente colectiva”, según Franco Berardi. Entrevista de Verónica Gago en Diario Página 12, 12/11/2007. Disponible en  http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-94544-2007-11-12.html

[2] “La imagen no es sino la existencia de una forma privada de su materia”.  Coccia, Emanuele, La vida sensible, Buenos Aires: Marea, 2011, pág. 41.

[3] De la que habla Manuel Castells en La era de la información. Economía, cultura y sociedad. Vol. 1: La sociedad red, Madrid: Alianza, 1997, Cap. 5.

[4] Anónimo, Pokémon Go: al asalto de la realidad (Lundimatin N° 71), 08/09/2016, recuperado el 09/09/2016, de https://artilleriainmanente.noblogs.org/. Según el artículo, cuando se juega al Pokémon Go no es la realidad la que gana, sino más bien lo virtual lo que se alimenta de ella y toma consistencia. Cuando caminas en la ciudad jugando Pokémon Go, no vas ya a captar tal asperidad en el muro, tal mirada intercambiada, tal olor insólito, y al final tu relación con las cosas se empobrece. La aplicación Pokémon supera el marco de tu pantalla, el terreno de juego se vuelve la tierra entera, teniendo como único límite la telefonía 4G. Es entonces que podría hablarse de “virtualidad aumentada”.

[5] COCCIA, E., op. cit.,  pág. 54.

[6] BROOKER, Ch. y HARRIS, O. (Guionista/Director) (2013) Enseguida vuelvo. Black Mirror, Londres: Zeppotron/Endemol.

[7] Inquietud spinocista.

[8] Referencia a los sueños de la cibernética de trasmitir el cuerpo humano.

[9] Coccia, op. cit.,  pág. 134.

 

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