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Caminar
09/09/2016
Mantelería

… Todo respira nuevamente: solo una parte es verdad

Y el universo viene a habitar su casa. Texto de María Florentina González Rodríguez.

Alrededor de la blanca tela estirada con pulcritud, las mujeres miden y calculan el tamaño de las servilletas y el mantel, luego eligen dónde irá cada dibujo, disponiendo el conjunto antes de trasladarlo sobre el lienzo. Lo hacen casi de forma mecánica pues no es la primera vez, pero sí distinta. Lo más difícil es elegir el tema, pero una vez seleccionado, todo se resume en coser y cantar.

La jornada de trabajo ha sido larga como siempre, pero eso no impide que ahora, a la luz del candil, bromeen y rían picaronas ante la idea de romper la rutina para vivir entre mujeres esos momentos de intimidad, donde el alma se destapa y habla de sus venturas y desventuras. Forman un aura positiva que no se ve pero se siente, son mujeres llanas, pero también amigas francas y compañeras cómplices, sabedoras de la fuerza que adquieren unidas en la tarea común.

Será como hacer horas extras, como cuando tocan las zafras en el campo. La idea nació de una de ellas y todas colaboraron en la difícil tarea de reunir dineros y encargar  (en unas islas donde en 1926 prácticamente nada había) y comprar, la tela de algodón, pues más no se podían permitir, necesaria para una mesa de doce comensales con sus servilletas, eso mejoraría notablemente el ajuar de la niña que acababa de nacer, y valdría la pena el esfuerzo de todas durante muchos días para terminar a tiempo para el bautizo.

Los días avanzan y también lo hace la labor. Las manos bastas y callosas sortilegian sobre hilo y aguja, y sus buenaventuras se entretejen llenas de color mientras bordan figuras sencillas que cuentan la historia de esos campos.

Cuenta mi madre, que lloró agradecida el día que lo tuvo entre sus manos cuando mi abuela emocionada se lo entregó como regalo de boda, y que cada vez que sentía nostalgia o tristeza, no tenía más que posar la mano sobre él para recordar a las amigas de la infancia, y a aquellas mujeres que tras la faena cantando unas veces y otras en silencio o amena charla, trabajaron en su costura.

Yo heredé el mantel que mi madre por su valor sentimental atesoraba. Cuando lo saco del cajón no puedo evitar rozarlo con la punta de los dedos y cerrar los ojos para sentir su energía, el sol sobre los campos, el cariño puesto en el hato con el almuerzo, el olor a tierra mojada tras la lluvia, a hierba recién cortada, a almendros en flor, a orégano y romero, al polvo que levanta el ganado mientras arrastra el arado. Puedo saborear los dulces plátanos y los dátiles como sólo se paladean sentada entre la hierba y con la vista puesta en la gran montaña. Son pocas las veces que lo dispongo sobre la mesa, pero en esas ocasiones las comidas resultan entrañables y felices, como protegidas por un hechizo entre platos, vasos y cubiertos. Creo que aunque con el uso y los años se deteriore o incluso desaparezca, siempre nos quedará la historia de este mantel y su encantamiento para contar entre la familia y amigos.




La historia que relato como todas las que escribo, tienen una parte de verdad y otra de fantasía. Es cierto que heredé el mantel de mi madre y que ésta a su vez lo recibió de la suya, que lo encargó para su boda allá por los años cuarenta en plena postguerra, con imágenes que le hicieran recordar y sentir el calor de sus orígenes allá donde estuviera. Quienes trabajaron en ésta y otras muchas labores lo hacían como lo cuento, tras su jornada de trabajo en casas y huertas, al menos en la zona norte de la isla de Tenerife. También es cierto que cuando nacía una niña, empezaba a elaborarse su ajuar con la finalidad de que tuviera una buena dote llegado el momento.

Sólo me resta decir que el mantel aunque de forma sencilla, está bordado con  más de doscientas cincuenta figuras, entre árboles, plantas y casas características de Canarias, además de personajes (tanto hombres como mujeres) ataviados con la vestimenta tradicional.


 

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María Florentina González Rodríguez

Cursó estudios en la facultad de Bellas Artes de La Laguna en Tenerife, para dedicarse a las grandes pasiones que desde niña guiaron su vida, dibujar, leer, soñar y escribir, poniéndolas en práctica en los años que ejerció la docencia (1987/2014) y colaborando en proyectos relacionados con el mundo de los libros. Ha ilustrado libros de narrativa y teatro, infantil y juvenil, separadores de libro, carteles, calendarios, etc. También ha realizado varias exposiciones de dibujo y pintura individuales y colectivas. Y ha escrito artículos y cuentos en publicaciones tanto en formato físico como digital, impartido ponencias, talleres, cuenta cuentos y lecturas en la radio. 

Cada mes publica el blog dibufloren: http://dibufloren.blogspot.com.es/, un cuaderno  con ilustraciones y textos propios, donde plasma viajes imaginarios que pueden parecer reales, siempre realizados con el corazón y también soñados.

La Laguna, Tenerife, Islas Canarias.

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